12 de junio de 2012

Perdón Universal


Cuando salgo los veo y aunque en un principio siento risa y deseos de burlarme, la piedad dentro de mí es más grande y pronto una profunda pena me invade y la conmiseración por esas almas desgraciadas se apodera de mí.

Salgo poco. Veo poca televisión, no leo la prensa y escucho poca radio. Dedico mis días enteros a leer La Historia (Ahora mismo estoy inmerso en el tercer volumen de la Historia de Tácito) y las madrugadas a escuchar Nuestro Programa (Duermo poco y cada mañana me levanto justo antes del vargtimmen para encender y sintonizar el viejo transmisor AM de papá. Muevo el dial lentamente, con la finura y precisión que mi agotado pulso me permite, hasta conseguir la mayor claridad posible para Nuestra Emisión Diaria. Los escucho muy atento. Aprendo y comparto El Mensaje. A veces llamo y participo. Me conocen. Los conozco. Somos Familia.) y sólo abandono el hogar para proveerme con víveres (tarea cada vez más difícil, por demás), para asistir a Las Juntas o para cumplir con La Labor. Así que no me los encuentro muy a menudo. 

Sin embargo, siempre están en mi mente y en mi corazón. 

En ocasiones, el cansancio ocular y mental (La Historia es ardua, exigente, su conocimiento es fundamental y por eso mismo evasivo. El camino está lleno de trampas.) me lleva a abandonar la lectura y encender el televisor para ver un noticiero. Por encima de la vulgaridad, la ignorancia y la mediocridad de siempre, me conmueve encontrarme con que Los Discípulos de los Profetas son cada vez más, lo que no deja de ser una inmensa tristeza. Los veo hablar a la cámara, desde algún pueblo perdido en la mitad de Estados Unidos, con la cara roja e hinchada, las lágrimas escurriendo y el gesto desgarrado. Los veo correr, desesperados, cargando la mayor cantidad de víveres que les es posible, saqueando supermercados en Buenos Aires, saltando por encima del cadáver del chino que tan valientemente defendió su negocio y sus dos pequeñas hijas. Veo a los millonarios europeos llegar en helicóptero a sus búnkeres, abrazando a sus familias y cargando sus pesados maletines. Veo a los africanos matarse los unos a otros por el control de los pequeños refugios que los gobiernos internacionales construyeron para sobrellevar la crisis y veo también a ese padre de familia que al otro extremo de esta ciudad exhibe orgulloso ante la cámara, a la distancia, detrás de alambradas eléctricas y vidrio blindado, el poderoso arsenal con el que está dispuesto a defender a su familia. Y también veo a los otros, a los que se ríen, a los que insisten en llevar una vida normal y confían en que al final todo saldrá bien. Pero no lo resisto por mucho tiempo y tengo que apagar el televisor.

Me cuesta saber quiénes me generan mayor pena, quiénes merecen más mi compasión: el grupo de los pobres desinformados que caen en la trampa de las profecías y el apocalipsis y están convencidos de que el mundo está por acabarse o el grupo de cínicos incorregibles y faltos de fe que asegura con soberbia que el mundo está mal pero que este no es el fin, que el apocalipsis no existe y que las profecías son engaños en los que sólo caen los incautos que merecen su suerte y su desgracia.

Ambos grupos, finalmente, están profundamente equivocados.

Me desarma saber que hay miles de millones de personas preparándose para un cataclismo que no va a ocurrir. Me destroza saber que hay miles de millones de personas, de hombres y mujeres buenos, bondadosos y amorosos, condenados por su terrible ignorancia. Me deprime pensar que ahí afuera hay gente preparándose para un fin del mundo que hace tiempo que ocurrió, que hay gente incapaz de darse cuenta de que somos sólo fantasmas recorriendo las ruinas de una civilización extinta, que vivimos inmersos en la ilusión de un mundo que ya no existe y que el único camino posible para obtener El Perdón Supremo es el de La Contemplación y El Estudio, como Nosotros lo venimos proclamando.

Porque somos Nosotros quienes nos damos cuenta.

Desde un principio, desde El Día en que Todo Terminó, nuestra sensibilidad superior nos permitió darnos cuenta del acontecimiento invisible, disfrazado en las pequeñas cosas, escondido en las noticias ligeras e irrelevantes, y desde ahí inició nuestra carrera por juntarnos, por organizarnos y por difundir La Palabra Del Fin a los oídos sordos que no quieren escuchar y que se empeñan en vivir en El Engaño.

Por eso, aunque en el fondo río de su ignorancia y sé que es culpa suya (¡las señales están ahí, todo el tiempo, sólo hay que interpretar!), comprendo también que esas pobres almas condenadas están sufriendo bastante y que van a sufrir aún más y que la posición de ventaja que me ha dado Lo Supremo no me exime de responsabilidad y no me permite la autoindulgencia y que es mi deber concentrarme en El Estudio y La Divulgación para lograr algún día, entre todos, el Perdón Universal.

Pero son pocos, muy pocos, los que escuchan.


9 de junio de 2012

Sábado en la tarde (Anticipación)



Las tardes de los sábados son lentas y ansiosas y bajan densas mientras se espera que el sol caiga y la noche llegue con la fiesta, con lo inesperado, con esa paz momentánea que sólo la depravación puede brindar.

Si estuviera en mis manos suprimiría las tardes de viernes, sábados y domingos y dejaría solo las mañanas para recuperarse y las noches para disfrutar. Haría de la vida una fiesta y cada semana se tendría que probar un nuevo fondo y así todos descenderíamos hasta el final, hasta consumirnos y explotarnos con ese bello resplandor fugaz de la vida bien vivida y bien abandonada. Dejaría lo útil, lo funcional, y perseguiría la sorpresa, lo oculto, los márgenes poco definidos y escasamente transitados.

La responsabilidad, la angustia y la culpa son el enemigo. Para que la ambición no se devore la vida hay que obligarla a funcionar sólo en horarios de oficina. Apagar los sueños cada tarde, mandar la economía al carajo y perderse en la ciudad o en el campo, cada noche, buscando el disfrute y la trascendencia de lo insignificante. Patear al aburrimiento en la cara y escupir sobre sus precios altos y su menú inagotable, sobre sus imposiciones y su orden social. Reír y llorar, olvidarse de todo y tomar el último bus de la noche hacia cualquier parte. Tener sexo debajo de la mesa de una fiesta desesperante y formal, beberse todo el champán y orinar sobre el ponche.

Hacer que valga la pena.

Salir. Caminar. Beber. Ver gente. Hacer que las cosas pasen.

Y sobrevivirlo por otro rato.

8 de abril de 2012

Viernes Santo


I.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Se encontraron en un punto equidistante a sus respectivos apartamentos. Caminaron y caminaron hasta que por fin consiguieron un colectivo que los llevó al centro. Llegaron a la plaza de toros con tiempo suficiente para dar una vuelta por el Parque De La Independencia. Luego hicieron la fila y entraron a ver un espectáculo de esos de circo contemporáneo con gente que vuela, acrobacias, fuego y muchas plumas en el vestuario. Al final, un toro gigante de fuego salía del ruedo, se elevaba hacia el cielo y moría rápidamente frente a las Torres del Parque. El público aplaudía extasiado, de pie.

Al salir de la plaza caminaron por entre las calles vacías, lentamente, conversando agarrados de la mano, mientras la escasa luz del sol se debilitaba más y más. Hacía frío y llovía suavemente. Entraron en un pequeño café para escampar y calentarse. La lluvia se fortalecía y otras pocas personas entraban a cuentagotas, empapadas. El café humeaba. “¿Yo qué soy para ti?, preguntó ella. Él lo meditó por un momento, sorbiendo despacio, viendo por entre el vapor que empañaba el vidrio de la ventana. Llevaban algunos meses saliendo juntos y se querían. Todo iba bien. Eso fue lo que él respondió. Pero ella no estuvo de acuerdo.

Era tarde. Caminaron buscando transporte pero el centro estaba desierto. Después de un rato consiguieron un taxi. Ella se bajó frente a su apartamento y él siguió hacia el suyo.

Un año después apenas si se recordaban.

II.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Habían llegado un par de días antes y el pueblo ya lo había aburrido a él. Intentaron irse pero ese día no había transporte a la ciudad. Almorzaron. Bajaron al pueblo a tomarse unas cervezas para deshacerse del calor. Mientras desocupaban las botellas y escuchaban las campanas de la igleisa anunciar la muerte de Jesús, se vino una tormenta fuertísima y el cielo se puso oscuro, muy oscuro. En el televisor pasaban la historia de Jonás, una producción barata y muy mal doblada. No tenían sombrilla y estaban lejos, así que decidieron quedarse y beber más. Acumularon varias botellas hasta que a eso de las seis, cuando oficialmente se hacía de noche -pero todo estaba tan oscuro que daba lo mismo-, les dijeron que ya tenían que irse porque iban a cerrar. Eran los únicos clientes y seguía lloviendo.

Salieron a caminar por las calles empinadas de ese pueblo clavado entre montañas lejanas, buscando algo de comer o algún sitio para tomarse unas cervezas más pero encontraron todo cerrado y las calles desocupadas. Seguía lloviendo con mucha fuerza y estaban lavados. Después de dar una última vuelta por las pocas calles del pueblo, decidieron volver a subir la montaña hasta su casa. Se secaron, encendieron la chimenea y tuvieron sexo. Cenaron con arepas, huevos y salchichas. Al día siguiente se despertaron temprano y regresaron a la ciudad en el primer transporte del día (un jeep viejo y destartalado que compartían con unos pocos campesinos). Fue el último viaje que hicieron juntos.

Un año después se odiaban a muerte.

III.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Caminó buscando llamadas a celular. La llamó pero ella no contestó. Volvió al teatro y la buscó una vez más. Se habían visto un par de días antes y habían quedado en encontrarse de nuevo ese día, en ese sitio, a esa hora. La función iba a empezar, así que entró.

Un año después seguían sin saber el uno del otro.

IV.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la mañana.

Ella se levantó del sofá con cuidado para no despertarlo y se fue a acostar a la cama que le habían asignado los dueños de casa. Dejó el televisor encendido. Se habían dormido viendo “Friends” y tomando vino blanco de la única caja que lograron conseguir la noche anterior en la única tienda del sector (una casita de madera a quince minutos de camino, con algunos víveres básicos a buen precio y un par de máquinas tragamonedas con luces de colores y los escudos de varias selecciones nacionales de fútbol). Era la primera vez que dormían juntos, aunque llevaban un tiempo coqueteándose con timidez y dándose besos cuando coincidían borrachos en la misma fiesta.

En la noche cocinaron junto a los amigos con los que compartían la cabaña, disimulando, haciéndose los desentendidos. A veces, mientras amasaban harina para tortillas, sus manos se rozaban y se miraban brevemente, reafirmándose todo lo que se habían dicho en la madrugada. 

Al otro día, él contrató un carro hasta el pueblo más cercano y tomó el tren a la ciudad. Ella regresó unos días después. Fue el primer viaje que hicieron juntos. Luego vinieron más.

Un año después se seguían queriendo pero los separaban unos cuantos miles de kilómetros.

V.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Salió de la ducha y la llamó: ya iba llegando. Se distrajo en el computador hasta que escuchó el timbre. Le abrió, se saludaron y charlaron un rato mientras él se vestía. Él sólo hablaba de  la película en la que estaba trabajando. A ella no le emocionaba tanto. Tomaron café. Almorzaron. Tomaron más café. Salieron para el centro.

Al llegar al teatro encontraron una fila larguísima y ella llamó a sus amigas, quienes por fortuna estaban muy cerca de la taquilla. Las entradas para la función de las siete se agotaron y tuvieron que comprar para las nueve.

Después de un rato, ya con las entradas, salieron a caminar por el centro junto a las amigas. Dieron vueltas buscando algún sitio para beber cerveza pero pocos estaban abiertos y los que estaban abiertos estaban a reventar. Finalmente entraron a una tienda para rastas donde también funcionaba algún tipo de bar ilegal (al fondo había una escalera que llevaban a un segundo piso en donde un débil bombillo verde iluminaba una habitación pequeña, con las paredes cubiertas por consignas políticas escritas con mala ortografía y alusiones futbolísticas, llena de jóvenes drogándose sobre pupitres escolares. Vendían cerveza a un precio alto). Bebieron cerveza, fumaron mariguana y siguieron su camino. En alguna esquina compraron botellas de licor envueltas en bolsas de papel y se fueron para el teatro con el tiempo justo.

Después de la obra (una obra alemana interpretada por un grupo de finlandeses, sin subtítulos o traducción, con una serie de elementos técnicos notables, que la sala llena aplaudió con entusiasmo) caminaron más y terminaron en ese sitio del centro de Bogotá que todo el mundo conoce y en el que todo el mundo termina. Bebieron un rato junto a las amigas y otros amigos de ellas y luego se fueron. Tomaron un taxi hasta el apartamento pero antes dejaron a una de las amigas en su casa. Él se preparó unos huevos revueltos. Ella no comió nada. Se acostaron y hablaron un rato. Él seguía con lo de sus películas. Tuvieron sexo. Él durmió. Ella no.

En la mañana, temprano, ella se levantó y se fue. No volvió a llamarlo o a contestar sus llamadas. Él tampoco intentó mucho.

Un año después, el mundo ya no existía.

31 de enero de 2012

Inútil e inoficioso



Así como Asterios diseña edificios que nunca se construyen, existe gente que pasa su vida escribiendo películas que jamás llegan a filmarse.

27 de enero de 2012

Autoayuda



La clave está en seguir intentando. Calladito y encerrado. Día y noche. Consumir, producir, esconder, liberar. Intentar. Cerrar los ojos y seguir adelante. Probar esto y lo otro. Adentrarse en el yo y luego salirse y alejarse. Volver sin darse cuenta. Darle una vuelta más al asunto, abordarlo desde el otro lado. Cerrar los ojos y respirar con calma y andar hacia el frente, confiando en que se avanza en la dirección adecuada (como cuando uno se pierde en la selva o en el desierto o en el océano y sabe hacia dónde debe andar y cree que anda en la dirección correcta pero no puede estar seguro, no hay forma de confirmarlo, sólo queda seguir andando y llegar a algún lado en algún momento o no llegar nunca y morir en el camino).

Porque por años uno construye una estructura con lo que va encontrando y se refugia en ella y se acostumbra (algunos hasta se encariñan) y empieza a llamarle "vida" y cuando está más acomodado ¡zaz! la tal estructura se cae (era obvio, estaba armada con residuos y pegada con babas) y la rutina y los amigos y la familia y las amantes y los empleos y la estabilidad (todas esas cosas alrededor de las cuales uno se fue encerrando sin darse cuenta pero con la intención explícita de sobrevivir) se van al carajo y uno se queda solo y parece que los años no han pasado y apenas se han cumplido dieciocho pero se está más viejo y más decepcionado y fatigado que nunca (y las ambiciones no abandonan pero cada vez están más disminuidas, gastadas, olvidadas).

Ahí es cuando uno teoriza e inventa cinco hipótesis distintas que hablan de crisis y de ciclos y cambios y mejoras y propósitos y uno se mira en el espejo y se da tres palmadas en la espalda mientras se dice "todo bien que AHORA SÍ, llegó por fin el momento que tanto hemos esperado en secreto". Pero luego uno camina un rato y se toma un café y se sienta y la voz dice que no, que ni mierda, que esas mentiras no se las cree nadie, que no hay propósito ni fin ni proceso ni mejoría. Y luego uno negocia porque lo que importa es la supervivencia, ¿o no?

Y bueno, uno se levanta al otro día temprano y se inventa qué hacer y lo hace, imaginándose que son pasos, que son piezas de un rompecabezas, que hay un destino y que aunque no lo parezca uno está avanzando hacia allá, despacio, con calma, esperando el momento en que en el horizonte aparezca la meta y la voz diga "¿ya?, ni sentí el recorrido, ni me di cuenta de que ya habíamos llegado".

Lo único que queda es seguir intentando a ver si algo pasa.



Pd: Soy una de las 123 personas en el mundo que usamos Google Plus. Como me gusta esa red social que nadie usa y me gustan sus álbumes de fotos, cree varios que reúnen fotografías de caminos recorridos, de momentos vividos y de varias cosas por el estilo. Si les interesa, pasen y conozcan, por ejemplo, el que se titula "Momentos-Lugar" (detrás de cada una de esas fotos hay una anécdota o una historia larga y dolorosa que algún día le contaré a los interesados).

21 de noviembre de 2011

Día 1275 (Visiones)

 Día 1275 



(Visiones)



Cansado. 

Hoy hubo algo de sol. Hacía meses que las nubes de polvo no dejaban ver tanta luz. 



Recolecté 8425 gramos de material distribuido de la siguiente manera:

  
Metales: 7625 gramos
Vidrio: 689 gramos
 
Papel: 111 gramos



El acumulado de lo que va del mes es:

Metales: 86458 gramos
  
Vidrio: 45231 gramos
  
Papel: 2300 gramos
 


Total días en el área: 95


 
Días restantes para recolección del material y reubicación: 21



Notas:



El área está explorada casi en su totalidad. Cada día es más ardua la búsqueda y se hace necesario alejarme más y más del refugio. Con frecuencia pierdo la noción del tiempo y debo apresurarme bastante para regresar antes del anochecer. La relocalización se hace urgente pero aún tardará 21 días. Pronostico días con una producción cada vez menor. Quizás haya días sin producción.
 


Hoy volví a verlos. Estaban el hombre mayor y uno de los niños pequeños. El niño pequeño se quedó mirándome por algunos segundos. Sentí sus ojos encender todo mi cuerpo. Luego se escondieron de prisa, como de costumbre. Necesitaría de un traje más ligero o de un vehículo para poder perseguirlos. Son rápidos. Un traje ligero como los que usan en el Sector 32 o un vehículo como los que están a disposición del personal del Sector 45.



Son una famlia. He visto a cinco de ellos (dos hombres adultos, una mujer, dos pequeños); aunque nunca he logrado ver al grupo completo, siempre andan en parejas o tríos. Son humanos. Estoy seguro. No usan trajes. No usan ropas. Han de haber desarrollado algún tipo de inmunidad a la radiación. O tal vez están muertos. Tal vez sólo son fantasmas. Fantasmas que regresan al lugar en donde vivieron antes de que Todo pasara. Cuando la gente vivía y las familias existían. Cuando El Horror era una amenaza que las personas preferían ignorar.



Los he visto. Varias veces. Han de vivir cerca pero en ninguna de mis exploraciones he encontrado algún lugar ligeramente habitable. Pero los he visto y he intentado alcanzarlos y he visto sus huellas desaparecer bajo el azote de Los Vientos. Los he visto huír en medio de las nubes de vapor que brotan del subsuelo, corriendo, agarrados de la mano. Son ágiles. Ágiles y bellos. Me pregunto quienes son. Me pregunto cuál es su historia. Me pregunto por qué los Superiores niegan su existencia. Me pregunto si es verdad que son visiones. Me pregunto por qué huyen, por qué no vienen a visitarme. Me gustaría que vinieran a visitarme. Estoy solo. Todos los días, en el refugio y ya sin el traje, me siento a comer y hablo conmigo mismo para no perder la costumbre. Temo perder el don del habla. Temo que un día la garganta empiece a dolerme y que un par de semanas después se cierre por completo y para siempre. He escuchado que pasa (en el cuartel los muchachos contaban todo tipo de historias sobre lo que nos esperaba). También trato de verme en los reflejos de la cocina para reconocer mi cuerpo desnudo. Mi cuerpo ha cambiado. Sigue estando en forma pero es distinto, se ha degenerado, ha envejecido. Si tan sólo pudiera hablarles. Si pudiera preguntarles quienes son y qué se siente amar y ser amado o cómo es tener la habilidad de correr libremente entre el polvo y los escombros. Si pudieran decirme si ellos sienten en la piel el mismo escozor, el mismo calor pegajoso que siento yo dentro del traje.



El computador anuncia que la limpieza del material ha terminado. Debo dirigirme al punto de recolección para luego ubicarlo en la bodega. 



Mañana he de dirigirme al cuadrante ZX24. Vi una posible fuente de metales pero era tarde y empezaba a anochecer. Aspiro recuperar un par de kilogramos de ese cuadrante. Con un poco de suerte conseguiré suficiente para completar la cuota del mes.

Estoy cansado. Espero al menos lograr conciliar el sueño esta noche.




23 de setiembre de 2011

El scroll infinito


¿Cuándo ocurrió?

¿Hace diez meses?, ¿hace dos?, ¿este año o el anterior?

La rutina convierte la existencia en un bloque de contornos poco definidos en el que apenas se distingue un lejano y desdibujado “antes” que más bien parece una ilusión y en el que todo -las personas, los objetos, los acontecimientos, Todo- se funde en una misma materia fragementada en pequeñas partículas de tamaños apenas diferentes, envueltas en una espesa sustancia que las corroe y regenera por igual y con indiferencia. Una sustancia que resulta ser la rutina misma y que nunca para de crecer y de devorar los días, espesando cada vez más y más hasta empezar a solidificarse desde el centro hacia los bordes, atrapando para siempre algunos fragmentos que se conservarán como fósiles engañosos que permitirán a los arqueólogos del futuro crear ficciones que no por falsas pueden ser acusadas de inverosímiles, inválidas o sin importancia dentro del proceso de reformulación y creación de la cadena evolutiva del ego.

Cada semana sucede a la anterior a un ritmo colérico e inclemente, idénticas las unas a las otras, con los periódicos y predecibles intentos de escape -la caminata bajo la lluvia, la borrachera eventual, el sexo y el romance, las lágrimas y los impotentes rituales antisistema como destruir una tarjeta de crédito condenándola a la furia de las manos primero y al fuego después-. Inútiles intentos de escape y de búsqueda de lo significativo, de lo trascendente y de las emociones verdaderas que no tienen lugar en la era del aburrimiento, la sobreestimulación, el scroll infinito y el stream inagotable.
Desperdiciamos nuestras poco valiosas vidas encerrados en la vibración de latas, vidrios y gomas durante horas y horas cada día, respirando el humo venenoso del progreso, concentrados en las mentiras del mundo que tanto nos gusta creer -el amor, la democracia, el entretenimiento, los vicios, la cultura, el maldito progreso-. No hay en nuestras vidas verdadera belleza, verdadero conocimiento, sólo mediocres réplicas que se quedan cortas desde todo punto de vista, pero que son lo único a lo que podemos acceder porque necesitamos el tiempo para producir, encerrados en apestosas oficinas mal iluminadas o en salones de clase en los que no se aprende lo que se debería aprender. Vivimos en una era fugaz y pasajera -y ya sabemos que el problema de lo fugaz es un problema de perspectiva- en la que el mundo es blando y epidérmico, tan ligero y transparente que quien realmente quiere ver no tiene problema en encontrarse con el horror y la desesperación.
Todo lo que queda es seguir intentando, seguir entablando conversación con el anciano acomodador de una sala de cine vacía, seguir saliendo con la mujer que conociste en la fiesta en la que no querías estar, seguir esperando ese golpe de suerte que nunca va a llegar, seguir drogándose, seguir imaginando realidades paralelas mientras haces scroll, te masturbas, stalkeas y sueñas con esa epifanía en que por fin el Arte se te revelará como el camino inequívoco a La Verdad y logrará que, de una buena vez, todos los sacrificios y la mierda cobren algo de sentido.

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13 de julio de 2011

10 de julio de 2011

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I. Nostalgia

Nos encontrábamos siempre por casualidad. Ella aburrida de los estudios, del desempleo, de la familia; yo agotado, ocupado, atrapado en proyectos inútiles y sin futuro, al borde de la desesperación. Escapábamos juntos. Descendíamos de las montañas envueltos en la alegría imprudente y suicida del que se da el lujo de huír; andábamos dando rodeos, eligiendo calles de forma caprichosa, parando en parques, viendo y comparando techos de edificios, de casas antiguas, estudiando detalles de rejas o jardines, haciendo tiempo mientras el sol terminaba de ocultarse e intentando verlo todo desde un ángulo nuevo. Caminábamos hasta que la presencia de la Gran Avenida se hacía demasiado imponente y nos obligaba a recorrerla, a atravesarla para adentrarnos en el corazón de Chapinero. Íbamos a un pequeño, costoso y agradable bar de jazz en donde pedíamos una cerveza tras otra y empezábamos a armar una deliciosa atmósfera de intimidad que luego nos llevábamos con nosotros cuando, tras realizar una juiciosa proyección presupuestal, decidíamos cruzar la calle y comprar una botella de aguardiente en la pequeña tienda llena de obreros que no sólo quedaba frente al bar de jazz sino que además abría más temprano, cerraba más tarde, era significativamente más barata y tenía una rocola. Una vez en la tienda comprábamos el aguardiente y dejábamos todas las monedas en la rocola -Canales, Jaramillo, Lavoe, Gardel, Acosta; la música que cada uno había aprendido en su casa, de sus padres-; nos sentábamos y hablábamos por horas -sin fijarnos en el modo en que íbamos perdiendo sensatez y ganando calentura- de las cosas que habla todo el mundo en estas situaciones: del pasado, del presente, del futuro, de las respectivas parejas y los respectivos oficios, de conocidos, de la familia y el país. Luego llegaba otra botella de aguardiente y a veces otra y a veces otra y en alguna ocasión otra más. Cuando la situación lo permitía íbamos juntos al baño o ella se escondía debajo de la mesa y me la chupaba para que luego mis dedos y yo devolviéramos las atenciones. Bebíamos y hablábamos hasta que la tienda cerraba y la dependiente nos sacaba con amabilidad. Luego tomábamos un taxi e íbamos a amanecer a un motel.

II. Nuestro juramento

Los encuentros empezaron a repetirse con cierta frecuencia y de forma cada vez menos casual. Nos prometimos noches que nunca nos cumplimos -ir a bailar a un bar de salsa, acampar fuera de la ciudad y consumir ácidos, ir a ver una película juntos-: siempre seguimos nuestra rutina jazz - rocola. Hasta que todo terminó del mismo modo impreciso en que había comenzado: nos conocimos algún viernes por medio de amigos en común de los que yo me distancié por razones que no caben en este relato; el bar de jazz cerró y ella salió a vacaciones de la universidad -así que por un tiempo no volví a encontrármela por Chapinero-. Fueron unos lindos meses. Yo dejé de contestar un par de llamadas suyas y ella dejó de insistir. Perdimos contacto con la misma velocidad con que nos conocimos.

III. Triste y vacía

Un par de años más tarde me la encontré en la calle en otra ciudad, en otro país. Ella tenía un hijo y yo estaba casado. Ella llevaba unos meses viviendo allí y yo había llegado hacía unos días -iba para un congreso y la semana siguiente me regresaba-. Salimos un par de veces y nos aburrimos juntos una eternidad. Nunca nos volvimos a ver.

IV: Bonus Track

( 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 )

Pd: Estoy estrenanado:

http://gabrielmuelle.co.cc

3 de mayo de 2011

El futuro es ahora


La semana pasada La Madre Europa y junto a ella un cuarto del mundo estuvieron conmocionados, alterados, obnubilados por la contemplación juiciosa de una boda real y de la beatificación de un papa, eventos cumbre que junto a maravillas del ingenio humano como el Clásico Real Madrid Vs. Barcelona nos enseñan el esplendor y la grandeza de los que la sociedad Occidental es capaz. Dios te salve, Reina y Madre, guiános por el único camino posible y no nos dejes caer en tentación. Amén. El futuro es ahora y nosotros somos pasado, presente y futuro. El nuevo amanecer ha llegado y el mundo está bien y mejorando.

Yo también quiero encontrar a mi Príncipe Azul porque es que eso es muy buen negocio: Beatifícame, canonízame, crucifícame, bada baboom boom boom.

Hoy todos los civilizados hijos del mundo libre celebramos en las calles la muerte del mayor bastardo y el fin de todos nuestros problemas. Se hizo Justicia, como dios manda, con efectividad, sangre y explosiones, apenas diez años después del hecho por el que lo condenamos, con sólo unos cuantos miles de millones de dólares invertidos y reduciendo los daños colaterales a decenas de miles de muertos y algunas ciudades insignificantes reducidas a ruinas. It's a war that I feel we just won. La gran sombra ha pasado, la amenaza ha cesado y el enemigo va en retirada. Lo único reprochable es la ausencia del cadáver, porque así no tenemos a quién escupir, no tenemos rostro deformado para arrastrar por calles polvorientas ni ataúd sobre el cual brindar con un par de buenas cervezas y para colmo no faltará el imbécil conspiracionista que asegure que lo de las torres fue un trabajo interno y que la prueba máxima está en que el señor de barbas ahora vive como rey en Bariloche.

Por mí que maten a todos esos hijueputas, por mí bien puedan mátense todos: dispárame, explótame, colateralízame, bada daboom bam bam.

Y mientras el mundo progresa a esa velocidad vertiginosa yo no me quedo atrás porque tengo un empleo y deudas y cada vez me quedan menos de esas cosas que llaman sueños y así está mejor porque lo que uno necesita en esta vida es estabilidad y la estabilidad significa tener mujer e hijos (o al menos un gato que maúlla y grita cuando tiene hambre y ataca, muerde y rasguña cuando está aburrido).

Todo es un chiste pero no se engañen porque todo va muy en serio: empléame, pensióname, impuéstame, bada daboom bam bam.

Este es el futuro y los caníbales aún no regresan a las catatumbas a devorarse a su señor sino que lo hacen en público y la gente los aplaude y los obedece porque aún deciden quién gobierna con su apoyo y el de los guerreros sanguinarios que atacan de noche y asesinan sin piedad porque actúan en nombre de Su Majestad La Verdad y el General Homogeneidad.

Y a mí todavía un par de piernas enmalladas en la calle me cambian el destino.

Bada baboom boom boom.

23 de agosto de 2010

La veo

La veo: su hermoso rostro oculto tras las largas manchas de maquillaje que bajan desde sus ojos, recorren sus pómulos y mueren hacia la barbilla. Contemplo su quijada desencajada, los ojos rojos e hinchados, los hombros vibrando al ritmo del llanto. La veo tirada en el suelo, con las piernas dobladas y el vestido rasgado hasta la cadera. Me detengo en sus senos, en el vestido caído, exhibiendo sus impresionantes tetas que suben y bajan al ritmo caprichoso de la entrecortada respiración. Yo estoy parado frente a la puerta, con los botones superiores de la camisa arrancados, la corbata descompuesta y una maleta con lo primero que logré agarrar de entre el armario encaramada en uno de mis hombros. Ella está agachada frente a mí, impidiéndome salir, sujetando con una mano la bota de mi pantalón, dispuesta a aferrarse con fuerza a mi pierna al menor movimiento.

Ya son las nueve y veinte y perdimos la reserva en el restaurante. Esta noche íbamos a celebrar mi cumpleaños y a adelantar un poco el inicio de los festejos por nuestro segundo aniversario de matrimonio. En lugar de la cena romántica, el cine y el sexo que teníamos planeado, llevamos más de una hora gritándonos y lanzándonos cosas.

La veo: se tapa la cara con una mano mientras agacha la cabeza y sorbe los indiscretos mocos que empezaban a asomar por sus fosas. Observo su enmarañado pelo, sus copiosos rizos de color rubio oscuro que como el resto de su cuerpo se mueven espasmódicos por las lágrimas que mis actos y mis palabras le han causado una vez más. La miro y quisiera acariciar su cabeza, sujetarla por el mentón y besarla intensamente. La escucho y quisiera abrazarla, hablarle al oído y poder decirle que todo va a estar bien.

Pero no digo nada. Hace varios minutos decidí no volver a pronunciar palabra y eso la desespera aún más. Ella, por supuesto, no deja de hablar, de rogar, de prometer. Me dice que no puede vivir sin mí. Me jura que esta semana irá al siquiatra, que no volverá a dejar de tomar las pastillas, que seguirá sin falta con el tratamiento. Me promete que va a cambiar, que hará todo lo que yo le diga, que pronto todo va a estar bien y volveremos a ser felices.

- No. No necesito que cambies nada, así estás perfecta. No quiero que hagas nada por mí, quiero que lo hagas todo por ti y...

Me callo. Estoy que me quiebro.

Ella aprieta su cara contra mi pierna con tal fuerza que por poco me tumba. Yo sé que necesito salir pronto, antes de que todo empeore.

Soy un cretino.

- Deja que me vaya, todo va a estar mejor para los dos.

No es la primera vez que esto pasa y sigo convencido de que lo mejor es que nos separemos, que intentemos rehacer nuestras vidas, cada uno por su lado. Yo sé que ella no me necesita para estar bien.

Sé que el problema soy yo. Sé que el problema está en mi incapacidad para cumplir sus expectativas, en no poder cumplir las reglas, en no lograr ser fiel, en no querer ponerla a ella por encima de mis ambiciones; el problema está en que me siento amarrado, sumiso, conformista, en que no dejo de pensar en el mundo gigantesco que está allá afuera, esperándome, pidiéndome que lo devore, que lo conquiste, que lo domine.

Sé también que el problema está en su enfermedad, en que es imposible para mí entender su enfermedad, en que no concibo que el bienestar de nuestra relación dependa de un frasquito con tres pastillas de colores y un vaso de agua, dos veces al día; en que no me cabe en la cabeza el que nuestro amor y su persistencia y su empeño y su convencimiento sean insuficientes para salir de cualquier problema, para lograr que se sienta bien, que los buenos sueños regresen, que se vayan los fantasmas y los días vuelvan a ser idílicos.

El problema está, además, en que estoy cansado, en que no quiero más noches en vela cuidando de ella, en que procurar su bienestar está acabando con mi salud, en que no quiero salir de casa todos los días rogando porque no haga una locura, dios, no, por favor, que no se le ocurra matarse; en que tengo que trabajar porque si no no hay quién pague por ése hospital y esas medicinas y el tratamiento, en que yo quiero un hijo y a ella las medicinas no la dejan y...

Mientras yo pienso esto ella refriega su cara contra mi pierna y repite que me adora y que no puede vivir sin mí, me pide perdón por faltas que no ha cometido y me jura que me permitirá hacer lo que yo quiera. Siento su aliento caliente subir hacia mi entrepierna, el camino húmedo que dejan sus lágrimas durante el ascenso que, ahora noto, su cabeza está haciendo. Tengo una erección.

Sin ser capaz de reaccionar veo cómo ella rápidamente desabrocha mi cinturón, baja mi bragueta y saca mi verga. Dejo caer la maleta, trastabillo aún sin saber cómo responder y ella con un ligero empujón me hace caer sobre un sillón.

Veo cómo ella lame mi verga, cómo la recorre con su larga, larguísima lengua, cómo introduce mi pene erecto en su boca mientras sus manos me arrancan los zapatos y el pantalón. Jadeo. Intento respirar, intento mantener el control y alejarla con mis dos manos pero ella con otro empujón suave logra detenerme. Sostiene mis manos y sé que he perdido porque conozco todo su poder sexual, conozco muy bien el torbellino de deseo irrefrenable que se esconde dentro de su pequeño cuerpo. Respiro profundo y me dejo ir.

Todo pasa muy rápido y ahora estamos tirados en la cama desnudos. Una sonrisa increíble brilla en su cara mientras veo cómo juguetea con mi verga, cómo se sienta sobre mis piernas y lleva mi mástil hacia su vientre, como intenta medir qué tan profundo es su coño, qué tan adentro llega mi miembro, qué tanto influyen mi tamaño y su hondura en el terrible placer que ambos recibimos.

Veo su cara de placer, su vientre y el movimiento de sus caderas, agarro sus tetas, bajo a su cintura y aprieto con fuerza, atrayéndola, enterrando mis dedos. Eyaculo dentro suyo y me retuerzo al ver cómo arquea su espalda y cierra sus ojos con fuerza.

Ahora sudamos e intentamos recobrar el aliento. Ella descansa sonriente sobre mi pecho y me pide que nunca la deje. Yo acaricio su rostro, beso sus manos y le pido que intentemos dormir.

Pero la engaño una vez más porque no puedo dormir y mientras ella me da la espalda y me arrima su culo yo pienso en cómo carajos llegué ahí de nuevo; intento planear el modo en que voy a escaparme esa noche, aún sabiendo que al menor de mis movimientos ella va a despertarse y todo empezará otra vez.

De repente el sol empieza a iluminar a lo lejos y los pájaros cantan. Decido que debo intentarlo, que es ahora o nunca y me levanto muy despacio. Ella se gira entredormida y murmura algo, yo beso su frente y le pido que me espere, le digo que debo ir al baño, le prometo que no me tardo.

Cuando estoy vestido me paro frente a la cama y trato de grabarme esa imagen: así es como quiero recordarla, bella, desnuda, sonriente, satisfecha.

Agarro mi maleta, camino hasta la puerta y sin hacer ruido la abro. Afuera el sol ya brilla con toda su fuerza.

20 de mayo de 2010

Esas noches (tantas noches)

Es de noche y algún virus me obliga a estar abrigado, lleno de mocos y con ligeros retorcijones de estómago. Intento trabajar, trato de enmendar tantos errores cometidos en distintos periodos de mi vida, cadenas de decisiones mal tomadas que me tienen donde estoy y que determinan mi incierto futuro. Hace un poco de frío y no logro concentrarme, no estoy motivado, quisiera huír ahora mismo y no regresar nunca. Miro por la ventana intentando descifrar alguna figura allá abajo, en la oscuridad absoluta.
Llegan de repente los recuerdos y las imágenes de personas y lugares que he dejado atrás, aparece la certeza de lo poco que importan o importaron pero de lo imborrables que son. Rostros indelebles de personas con las que escasamente compartí un trago, una conversación sobre una película o un paseo en el metro. Revivo esa sensación en la piel al caminar en invierno por calles oscuras en busca de un teatro o de un café para entrar a quemar un poco de tiempo y para pensar, para garabatear en mi fiel libreta, para no tener que regresar a lo que sea que en esos momentos llamo casa, en donde sólo me esperan un par de trapos, unas cobijas y un colchón. Restaurantes de comidas rápidas abiertos 24 horas con familias indígenas que cuentan monedas o puticas de catorce años sentadas en las piernas de borrachos barrigones, billares en barrios que se supone son peligrosos, avenidas desoladas que parten en dos a ciudades de millones de personas -de las cuales las mayoría está en sus casas, con sus famiias, viendo la televisión, fornicando o intentando conciliar el sueño, ignorando a ese otro grupo de hombres y mujeres que mientras tanto conducen, cuidan, empacan, atienden, construyen-. Mujeres o travestis -a veces, en la madrugada, es tan difícil y tan poco importante distinguir- que te persiguen por una cuadra o dos gritándote "ven, guapo, para ti hay descuento, para ti es gratis si vienes ya, yo también tengo frío, calentémonos juntos", mientras tú aceleras el paso riendo en silencio y sintiendo pequeños punzones en la espalda, esperando una puñalada que nunca llega y que quizás nunca va a llegar, cuestionándote sobre el tipo de calor que busca esa mujer, en si de verdad es calor lo que busca, en qué es lo que ve en ti.

Esas noches. Tantas noches.

Quisiera poder salir a caminar pero estoy atrapado en la periferia de una ciudad de mierda, sin lugares para ir a divagar, sin caminos para recorrer, sin opciones para caminar. Perdido en un infierno suburbano de gigantes edificios habitados por miles de personas dopadas, indiferentes.

Tantas almas tan solas. Tanta gente operando máquinas con la mente en blanco y las tripas congeladas para poder soportar el horror de la vida, adormecidas para poder levantarse cada día, para no pararse una mañana con el sol y lanzarse por la ventana. Tantas parejas copulando con furia y emoción, tratando de sacarle verdades absolutas inexistentes al cuerpo del otro, queriendo llenar de sexo, de esa cosa tan efímera, el vacío que les corroe la panza y la caja torácica. Tanta gente que se puede tocar pero no se logra conectar.

Y estoy yo.

Yo y mi constante deseo de salir corriendo. Yo y tantas cosas que quisiera cambiar de mí. Yo y ese lo que sea que me obliga a regresar siempre al mismo punto o que me amarra y no me deja perder para siempre.

Debe ser muy difícil quererme. Debe ser agotador aguantar mis continuos e inesperados ataques, esas noches en que todo está bien y yo salto y digo "me voy para siempre y es por tu bien" (para regresar sólo unas horas más tarde como si nada hubiera pasado, a limpiar lágrimas con una sonrisa irónica). Ha de ser insoportable mi incapacidad de comprender a los demás, mi desentendimiento de la enfermedad y de la tristeza, mi convicción de que cualquier cosa -cuando no me pasa a mí- se soluciona con una sonrisa, una despercudida y un nuevo intento. hay que ser paciente para soportar mi continuo inconformismo, mis ganas de no estar aquí pero tampoco estar allá, de estar en ninguna parte, el deseo de irme sin saber a donde. Ni yo aguanto esa angustia que a veces me tira a la cama a llorar y a gritar que todo está perdido, que el fracaso es evidente, que la resignación es la única opción.

Creo que tengo fiebre, me duele un oído y debo trabajar en la mañana. Mejor me acuesto.

L.

7 de diciembre de 2009

Historia de detectives

Tengo un nuevo empleo: edito vídeos de cámaras de seguridad. Es temporal, la paga es vergonzosa y a algunos les parece increíble que "después de todo" yo esté haciendo este tipo de cosas. A mí no me importa. ¿Les cuento cómo funciona? va así: hay una compañía que provee vigilancia a edificios, negocios y unidades residenciales. Pasa que, a veces, hay robos menores, pérdidas, asaltos o cualquier tipo de afronta al patrimonio resguardado (sic) y para eso usan los vídeos que capturan unas camaras pequeñitas que "esconden" por ahí.

Ahí entro yo: tomo los vídeos (que están en una pésima calidad) y trato de hacerlos presentables. Busco sospechosos, elimino tiempos muertos, acerco o alejo equis parte, aumento o disminuyo la velocidad para que la acciones se vean más claras. Repaso una y otra vez los vídeos de cada ocasión mientras los edito y, explorando mi faceta más voyeur, me entretengo viendo a la gente que parece no saberse observada

Me gusta imaginarme como uno de esos agentes especiales de las películas de décadas pasadas, con súper computadoras y acceso a satélites, persiguiendo terroristas peligrosísimos a los que, una vez ubicados, debo salir a cazar con mis propias manos (y mi Desert Eagle, por supuesto). A veces también juego al detective y elaboro hipótesis sobre cada caso pero no se las cuento a nadie.

Las fantasías son bonitas pero al final sólo estoy yo en una oficina pobremente iluminada, sentado frente a una computadora demasiado lenta, bajando códecs para poder editar cierto vídeo, con un termo repleto de café hirviendo y escuchando viejo heavy metal que explota desde unos pequeños audífonos mientras llega la hora de ir a mi casa a leer y dormir.

El "caso" en el que trabajo ahora es bastante común: de un edificio residencial se robaron una noche un carro. Los celadores no vieron o escucharon algo sospechoso, el auto estaba en un punto ciego de una de las cámaras y hay un problema con los archivos de la cámara de la entrada/salida del parqueadero y los datos son irrecuperables.

En la cámara que graba el acceso por las escaleras al sótano-parqueadero hay un hecho -aislado de la inevstigación- que me perturba: a las 22:25 una mujer pasa caminando muy rápido y baja las escaleras. Esto parecería normal, pero yo estoy seguro de que la mujer va sin pantalón, en calzones. Estas cámaras graban pocos fotogramas por segundo y la mujer camina muy rápido, por lo que no puedo estar seguro. Las imágenes obtenidas son en blanco y negro y de muy baja calidad y eso también difculta mi investigación. Igual, repaso la secuencia cuadro a cuadro una y otra vez: la mujer está semidesnuda.

La mujer está semidesnuda o yo quiero que la mujer esté semidesnuda. Quiero pensar en una mujer que recibe una llamada antes de la media noche y debe salir con tanta prisa que olvida ponerse un pantalón -lleva las llaves del auto en la chaqueta-, una mujer que corre a solucionar una emergencia familiar o al encuentro de un amante desesperado que por fin se dignó a llamarla o a comprar pan para el desayuno antes de que cierren todo -pero no, esta última opción se descarta porque la mujer, con o sin pantalones, no vuelve en toda la noche-.

Después de perder varios buenos minutos haciendo zoom aquí y allá para salir de mi duda retomo mi trabajo. Como en la mayoría de fotogramas la mujer parece tener las piernas descubiertas decreto que efectivamente iba con prisa y en calzones a definir su destino. Punto final -aunque soy conciente de lo inverosímil de todo esto-.

Ahora debo reunir las imágenes donde sale cierta señora que parece ser parte de la banda que robó el carro. Pasada la media noche la señora, que ni es residente ni se sabe qué hace ahí a esa hora, se para frente a la cámara de las escaleras que llevan al parqueadero y obstruye la visión de la portería. Luego de dos minutos se da la vuelta y mira fijamente al lente por un par de segundos y cuando hace eso yo siento que me desafía, que nos desafía a todos y que se burla; que sabe que la estamos viendo y que sentimos un poco de miedo y a ella esas cosas le generan risa y le causan placer. Después baja por las escaleras hacia el punto muerto y ya no la puedo encontrar por el resto de la noche en ninguna de las cámaras.