12 de noviembre de 2012

Pertenencias

Pertenencias
Gabriel Muelle

(Cuento ganador del concurso Stadt: Historias de la gran ciudad 2012, organizado por el Goethe Institut, Radiónica y Hoja Blanca)

Por las calles bajaban torrentes de agua, arrastrando basuras cual cadáveres de peces en un río muerto y forzándome a saltar para evitar las corrientes y los charcos en el pavimento. Odio tener los pies mojados. También odio que se me llenen de gotas los lentes de las gafas, pero eso ya no podía evitarlo. Era un atardecer gris y lluvioso y me estaba tardando en encontrar la dirección. Caminé de un lado a otro por calles tan irregulares como desiertas, bajo la vigilancia de las montañas iluminadas constantemente por relámpagos fríos y azules. Cuando por fin vi el frente de la casa no pude dejar de sentirme oprimido por la tristeza que junto con el agualluvia escurría por las paredes como la fría exudación de cada historia y de cada desgracia encerradas en ese viejo edificio. Entré, empapado, y me presenté ante la casera. Le expliqué quién era y a qué iba y ella, alegando comprenderme perfectamente y con una cierta afectación que no pude dejar de notar, me prestó una toalla para secarme y me guió por un largo corredor lleno de puertas de madera aseguradas con candados y cadenas. Al llegar a una de las últimas me dijo “Aquí es. Voy a estar en la cocina por si necesita algo. Siéntase libre de tomarse su tiempo, yo entiendo”.

Siempre tengo presente el día en que Adriano se fue de casa. Por ese entonces tenía diecinueve años y acababa de abandonar la universidad. Los problemas habían empezado años antes, no puedo decir cuándo o por qué, pero claramente a esa altura ya la solución se había escapado de nuestras manos. Aún conservaba el rostro afable que tanto enorgullecía a su madre pero hacía tiempo había perdido la alegría que lo caracterizó durante su infancia y su primera juventud. Había vivido toda su vida en la misma casa, en la misma habitación, acumulando en ese espacio objetos, afectos, recuerdos y todo tipo de cosas. Y ahora tenía que tomar todo lo que más pudiera y empacarlo en dos cajas y una maleta. Para siempre. Quería, más que tenía, porque nadie lo forzó a tomar esa decisión. Desde los quince años, quizás antes, nos venía amenazando a su madre y a mí con que se marcharía en cuanto pudiera, pero sólo fue una semana antes de irse cuando, durante la cena, nos dio la noticia. “Dentro de ocho días me voy. Conseguí un lugar dónde vivir”, fue todo lo que nos dijo. Su madre trató infructuosamente de disuadirlo toda la semana y para el momento en que se fue estaba encerrada en nuestro cuarto, llorando desconsolada. Yo, distante, herido, ofendido, lo observé acomodar sus libros preferidos, sus películas, sus discos, su grabadora, su mejor ropa, cobijas y algunos recuerdos de su infancia. Luego lo vi tomar las cajas y la maleta y sentarse en la calle a esperar un taxi. Sus hermanos le ayudaron a acomodarse en el carro. Lo vi irse desde una ventana en el segundo piso, escondido tras la cortina. No se despidió de nadie, se fue odiándonos. Dijo que pronto volvía por el televisor y otras cosas. Nunca regresó.

Algunos años después me encontraba arrodillado en el piso de una habitación pequeña, estrecha, oscura, sin una sola ventana. Un agujero que emanaba un terrible olor a humedad desde antes de entrar. Nunca entendí por qué cambió lo que tenía, lo que su madre y yo le habíamos dado, por esa pocilga, por esa falsa libertad. Y allí estaban, casi con exactitud, los mismos objetos que esa noche sacó de su habitación en casa –habitación que aguardó su regreso por mucho tiempo, hasta que la desesperanza y la necesidad de seguir adelante la convirtieron en un depósito de chécheres y cachivaches, lleno de telarañas y con las cortinas siempre cerradas-. Al parecer, sus años de ausencia del hogar no lo habían cambiado mucho. La cama sin tender, la ropa por el suelo, la mesa de noche cubierta por una capa de papeles de todo tipo y una pila de libros, el mismo desorden por el que discutía cada dos días en casa con su mamá. Revisé bajo la cama y, como lo esperaba, encontré las dos cajas de la mudanza. Me senté, lleno de paciencia y una extraña inquietud, y empecé a revisar los papeles de la mesa de noche: dibujos, escritos, facturas. Y, gracias a esa información, pude elaborarme un mapa mental de sus últimas semanas: qué había comido, cuándo, dónde, si estaba solo o no, cuándo fue a cine, qué vio, qué escribió y a quién. Pude recrear algunos de sus recorridos, imaginarme sus compañías, sus costumbres.

Ese fue el momento en que descubrí a qué había ido a ese lugar. No había ido, como creí en un principio, a recoger las pertenencias de mi hijo para llevarlas a casa. No, había ido para investigarlo, para tratar de saber qué había sido de él desde que lo había perdido completamente. Había ido para conocerlo y para reconocerlo. Un disco estaba puesto en la grabadora y lo hice sonar. No supe qué era pero era el tipo de música que Adriano escuchaba encerrado cuando vivía con nosotros. Esa música que siempre me pareció triste y que parecía ser perfecta para su carácter. Estuve a punto de derrumbarme. Traté de empacar todo en las cajas sin fijarme demasiado en cada cosa pero era inevitable pensar en cada una de sus acciones y en por qué las había hecho. Era inevitable el imaginarme a ese hijo que nunca conocí y su críptica vida.

Cuando Adriano se fue de casa me forzó a reflexionar sobre el modo en que algunas personas nos establecemos en un lugar y construimos toda nuestra vida a su alrededor. La forma en que los objetos que consideramos propios –o su ausencia- definen cierta parte de nuestro paso por la tierra: nuestros gustos, nuestros comportamientos, nuestra relación con el entorno, una cara de nuestra personalidad. Cómo, a lo largo de una vida, en un sitio determinado, acumulamos ciertas cosas a las que se les otorga un gran valor, se les asocian recuerdos, sentimientos, se convierten en objetos que, de un modo u otro, nos significan a nosotros mismos. Y me quebraba el pensar en lo difícil que ha de ser tratar de meter eso en dos cajas y una maleta.

Durante los años que mi primogénito vivió fuera de casa fueron muy pocas las noticias que tuve de él. Alguien lo vio en la calle, su hermana se lo encontró en un bar, llamó a su madre para el cumpleaños o para la navidad. La información era confusa. Quienes sólo lo veían decían que estaba demacrado, sumido en vicios, a punto de desaparecer, pero quienes hablaban con él mencionaba a un tipo alegre, entusiasta, lleno de vitalidad y deseoso de salir adelante. Sé que estuvo trabajando en una cosa y otra, consiguiendo el dinero justo para sobrevivir, viviendo siempre en la misma pieza. Sé que nunca volvió a la casa y que una tarde se citó con su madre para almorzar y no dijo mayor cosa durante lo que duró el encuentro, incapaz de abandonar ese hermetismo que siempre lo caracterizó. Y que al final insistió en ser él quien pagaba la cuenta.

Yo no fui consciente de cuánto desconocía a mi hijo hasta el día del velorio, cuando conocí a su novia de los últimos cuatro años, cuando vi a sus mejores amigos de toda la vida y no fui capaz de reconocer a ninguno, cuando gente desconocida se acercaba a expresarme sus condolencias y a contarme cosas sobre un tipo de quien bien me podrían estar hablando por primera vez.

Si es difícil empacar tu vida para mudarte, más difícil es empacar la vida de un ser amado que acaba de morir y de quien acabas de reconocer no sabes nada. Porque a pesar de todo yo amé a mi hijo. Porque mientras estaba encerrado en ese cuarto no podía dejar de llorar y de imaginar quién era ese hombre que llevaba mi apellido y mi sangre. Porque esos objetos eran lo último que quedaba de él y podrían ser lo único una vez los recuerdos se fueran borrando. Porque en un par de horas yo estaría en casa y guardaría esas cajas en la que había sido la habitación de Adriano y una vez al año, atacado por la nostalgia, iría allí para tratar de recordarlo, de reconstruirlo basándome en los objetos que alguna vez le habían pertenecido.

Cuando terminé de empacar me tomé unos últimos minutos sentado sobre la cama. Las pertenencias de mi hijo muerto sólo me habían dejado más dudas. Imágenes hechas de suposiciones, un retrato construido sobre el blando terreno de las especulaciones. Debía buscar las respuestas en algún otro lugar pero no se me ocurría dónde. Fui a la cocina a buscar a la casera, le devolví la toalla y le pedí que aclaráramos cuentas para poder pagar las deudas de mi hijo. Ya había anochecido y la lluvia era cosa del pasado. Me fumé un cigarrillo viendo las goteras del lugar. Luego tomé las cajas y la maleta y me senté en la calle a esperar un taxi.


12 de junio de 2012

Perdón Universal


Cuando salgo los veo y aunque en un principio siento risa y deseos de burlarme, la piedad dentro de mí es más grande y pronto una profunda pena me invade y la conmiseración por esas almas desgraciadas se apodera de mí.

Salgo poco. Veo poca televisión, no leo la prensa y escucho poca radio. Dedico mis días enteros a leer La Historia (Ahora mismo estoy inmerso en el tercer volumen de la Historia de Tácito) y las madrugadas a escuchar Nuestro Programa (Duermo poco y cada mañana me levanto justo antes del vargtimmen para encender y sintonizar el viejo transmisor AM de papá. Muevo el dial lentamente, con la finura y precisión que mi agotado pulso me permite, hasta conseguir la mayor claridad posible para Nuestra Emisión Diaria. Los escucho muy atento. Aprendo y comparto El Mensaje. A veces llamo y participo. Me conocen. Los conozco. Somos Familia.) y sólo abandono el hogar para proveerme con víveres (tarea cada vez más difícil, por demás), para asistir a Las Juntas o para cumplir con La Labor. Así que no me los encuentro muy a menudo. 

Sin embargo, siempre están en mi mente y en mi corazón. 

En ocasiones, el cansancio ocular y mental (La Historia es ardua, exigente, su conocimiento es fundamental y por eso mismo evasivo. El camino está lleno de trampas.) me lleva a abandonar la lectura y encender el televisor para ver un noticiero. Por encima de la vulgaridad, la ignorancia y la mediocridad de siempre, me conmueve encontrarme con que Los Discípulos de los Profetas son cada vez más, lo que no deja de ser una inmensa tristeza. Los veo hablar a la cámara, desde algún pueblo perdido en la mitad de Estados Unidos, con la cara roja e hinchada, las lágrimas escurriendo y el gesto desgarrado. Los veo correr, desesperados, cargando la mayor cantidad de víveres que les es posible, saqueando supermercados en Buenos Aires, saltando por encima del cadáver del chino que tan valientemente defendió su negocio y sus dos pequeñas hijas. Veo a los millonarios europeos llegar en helicóptero a sus búnkeres, abrazando a sus familias y cargando sus pesados maletines. Veo a los africanos matarse los unos a otros por el control de los pequeños refugios que los gobiernos internacionales construyeron para sobrellevar la crisis y veo también a ese padre de familia que al otro extremo de esta ciudad exhibe orgulloso ante la cámara, a la distancia, detrás de alambradas eléctricas y vidrio blindado, el poderoso arsenal con el que está dispuesto a defender a su familia. Y también veo a los otros, a los que se ríen, a los que insisten en llevar una vida normal y confían en que al final todo saldrá bien. Pero no lo resisto por mucho tiempo y tengo que apagar el televisor.

Me cuesta saber quiénes me generan mayor pena, quiénes merecen más mi compasión: el grupo de los pobres desinformados que caen en la trampa de las profecías y el apocalipsis y están convencidos de que el mundo está por acabarse o el grupo de cínicos incorregibles y faltos de fe que asegura con soberbia que el mundo está mal pero que este no es el fin, que el apocalipsis no existe y que las profecías son engaños en los que sólo caen los incautos que merecen su suerte y su desgracia.

Ambos grupos, finalmente, están profundamente equivocados.

Me desarma saber que hay miles de millones de personas preparándose para un cataclismo que no va a ocurrir. Me destroza saber que hay miles de millones de personas, de hombres y mujeres buenos, bondadosos y amorosos, condenados por su terrible ignorancia. Me deprime pensar que ahí afuera hay gente preparándose para un fin del mundo que hace tiempo que ocurrió, que hay gente incapaz de darse cuenta de que somos sólo fantasmas recorriendo las ruinas de una civilización extinta, que vivimos inmersos en la ilusión de un mundo que ya no existe y que el único camino posible para obtener El Perdón Supremo es el de La Contemplación y El Estudio, como Nosotros lo venimos proclamando.

Porque somos Nosotros quienes nos damos cuenta.

Desde un principio, desde El Día en que Todo Terminó, nuestra sensibilidad superior nos permitió darnos cuenta del acontecimiento invisible, disfrazado en las pequeñas cosas, escondido en las noticias ligeras e irrelevantes, y desde ahí inició nuestra carrera por juntarnos, por organizarnos y por difundir La Palabra Del Fin a los oídos sordos que no quieren escuchar y que se empeñan en vivir en El Engaño.

Por eso, aunque en el fondo río de su ignorancia y sé que es culpa suya (¡las señales están ahí, todo el tiempo, sólo hay que interpretar!), comprendo también que esas pobres almas condenadas están sufriendo bastante y que van a sufrir aún más y que la posición de ventaja que me ha dado Lo Supremo no me exime de responsabilidad y no me permite la autoindulgencia y que es mi deber concentrarme en El Estudio y La Divulgación para lograr algún día, entre todos, el Perdón Universal.

Pero son pocos, muy pocos, los que escuchan.


9 de junio de 2012

Sábado en la tarde (Anticipación)



Las tardes de los sábados son lentas y ansiosas y bajan densas mientras se espera que el sol caiga y la noche llegue con la fiesta, con lo inesperado, con esa paz momentánea que sólo la depravación puede brindar.

Si estuviera en mis manos suprimiría las tardes de viernes, sábados y domingos y dejaría solo las mañanas para recuperarse y las noches para disfrutar. Haría de la vida una fiesta y cada semana se tendría que probar un nuevo fondo y así todos descenderíamos hasta el final, hasta consumirnos y explotarnos con ese bello resplandor fugaz de la vida bien vivida y bien abandonada. Dejaría lo útil, lo funcional, y perseguiría la sorpresa, lo oculto, los márgenes poco definidos y escasamente transitados.

La responsabilidad, la angustia y la culpa son el enemigo. Para que la ambición no se devore la vida hay que obligarla a funcionar sólo en horarios de oficina. Apagar los sueños cada tarde, mandar la economía al carajo y perderse en la ciudad o en el campo, cada noche, buscando el disfrute y la trascendencia de lo insignificante. Patear al aburrimiento en la cara y escupir sobre sus precios altos y su menú inagotable, sobre sus imposiciones y su orden social. Reír y llorar, olvidarse de todo y tomar el último bus de la noche hacia cualquier parte. Tener sexo debajo de la mesa de una fiesta desesperante y formal, beberse todo el champán y orinar sobre el ponche.

Hacer que valga la pena.

Salir. Caminar. Beber. Ver gente. Hacer que las cosas pasen.

Y sobrevivirlo por otro rato.

8 de abril de 2012

Viernes Santo


I.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Se encontraron en un punto equidistante a sus respectivos apartamentos. Caminaron y caminaron hasta que por fin consiguieron un colectivo que los llevó al centro. Llegaron a la plaza de toros con tiempo suficiente para dar una vuelta por el Parque De La Independencia. Luego hicieron la fila y entraron a ver un espectáculo de esos de circo contemporáneo con gente que vuela, acrobacias, fuego y muchas plumas en el vestuario. Al final, un toro gigante de fuego salía del ruedo, se elevaba hacia el cielo y moría rápidamente frente a las Torres del Parque. El público aplaudía extasiado, de pie.

Al salir de la plaza caminaron por entre las calles vacías, lentamente, conversando agarrados de la mano, mientras la escasa luz del sol se debilitaba más y más. Hacía frío y llovía suavemente. Entraron en un pequeño café para escampar y calentarse. La lluvia se fortalecía y otras pocas personas entraban a cuentagotas, empapadas. El café humeaba. “¿Yo qué soy para ti?, preguntó ella. Él lo meditó por un momento, sorbiendo despacio, viendo por entre el vapor que empañaba el vidrio de la ventana. Llevaban algunos meses saliendo juntos y se querían. Todo iba bien. Eso fue lo que él respondió. Pero ella no estuvo de acuerdo.

Era tarde. Caminaron buscando transporte pero el centro estaba desierto. Después de un rato consiguieron un taxi. Ella se bajó frente a su apartamento y él siguió hacia el suyo.

Un año después apenas si se recordaban.

II.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Habían llegado un par de días antes y el pueblo ya lo había aburrido a él. Intentaron irse pero ese día no había transporte a la ciudad. Almorzaron. Bajaron al pueblo a tomarse unas cervezas para deshacerse del calor. Mientras desocupaban las botellas y escuchaban las campanas de la igleisa anunciar la muerte de Jesús, se vino una tormenta fuertísima y el cielo se puso oscuro, muy oscuro. En el televisor pasaban la historia de Jonás, una producción barata y muy mal doblada. No tenían sombrilla y estaban lejos, así que decidieron quedarse y beber más. Acumularon varias botellas hasta que a eso de las seis, cuando oficialmente se hacía de noche -pero todo estaba tan oscuro que daba lo mismo-, les dijeron que ya tenían que irse porque iban a cerrar. Eran los únicos clientes y seguía lloviendo.

Salieron a caminar por las calles empinadas de ese pueblo clavado entre montañas lejanas, buscando algo de comer o algún sitio para tomarse unas cervezas más pero encontraron todo cerrado y las calles desocupadas. Seguía lloviendo con mucha fuerza y estaban lavados. Después de dar una última vuelta por las pocas calles del pueblo, decidieron volver a subir la montaña hasta su casa. Se secaron, encendieron la chimenea y tuvieron sexo. Cenaron con arepas, huevos y salchichas. Al día siguiente se despertaron temprano y regresaron a la ciudad en el primer transporte del día (un jeep viejo y destartalado que compartían con unos pocos campesinos). Fue el último viaje que hicieron juntos.

Un año después se odiaban a muerte.

III.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Caminó buscando llamadas a celular. La llamó pero ella no contestó. Volvió al teatro y la buscó una vez más. Se habían visto un par de días antes y habían quedado en encontrarse de nuevo ese día, en ese sitio, a esa hora. La función iba a empezar, así que entró.

Un año después seguían sin saber el uno del otro.

IV.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la mañana.

Ella se levantó del sofá con cuidado para no despertarlo y se fue a acostar a la cama que le habían asignado los dueños de casa. Dejó el televisor encendido. Se habían dormido viendo “Friends” y tomando vino blanco de la única caja que lograron conseguir la noche anterior en la única tienda del sector (una casita de madera a quince minutos de camino, con algunos víveres básicos a buen precio y un par de máquinas tragamonedas con luces de colores y los escudos de varias selecciones nacionales de fútbol). Era la primera vez que dormían juntos, aunque llevaban un tiempo coqueteándose con timidez y dándose besos cuando coincidían borrachos en la misma fiesta.

En la noche cocinaron junto a los amigos con los que compartían la cabaña, disimulando, haciéndose los desentendidos. A veces, mientras amasaban harina para tortillas, sus manos se rozaban y se miraban brevemente, reafirmándose todo lo que se habían dicho en la madrugada. 

Al otro día, él contrató un carro hasta el pueblo más cercano y tomó el tren a la ciudad. Ella regresó unos días después. Fue el primer viaje que hicieron juntos. Luego vinieron más.

Un año después se seguían queriendo pero los separaban unos cuantos miles de kilómetros.

V.

Era viernes. Era semana santa. Iban a ser las tres de la tarde.

Salió de la ducha y la llamó: ya iba llegando. Se distrajo en el computador hasta que escuchó el timbre. Le abrió, se saludaron y charlaron un rato mientras él se vestía. Él sólo hablaba de  la película en la que estaba trabajando. A ella no le emocionaba tanto. Tomaron café. Almorzaron. Tomaron más café. Salieron para el centro.

Al llegar al teatro encontraron una fila larguísima y ella llamó a sus amigas, quienes por fortuna estaban muy cerca de la taquilla. Las entradas para la función de las siete se agotaron y tuvieron que comprar para las nueve.

Después de un rato, ya con las entradas, salieron a caminar por el centro junto a las amigas. Dieron vueltas buscando algún sitio para beber cerveza pero pocos estaban abiertos y los que estaban abiertos estaban a reventar. Finalmente entraron a una tienda para rastas donde también funcionaba algún tipo de bar ilegal (al fondo había una escalera que llevaban a un segundo piso en donde un débil bombillo verde iluminaba una habitación pequeña, con las paredes cubiertas por consignas políticas escritas con mala ortografía y alusiones futbolísticas, llena de jóvenes drogándose sobre pupitres escolares. Vendían cerveza a un precio alto). Bebieron cerveza, fumaron mariguana y siguieron su camino. En alguna esquina compraron botellas de licor envueltas en bolsas de papel y se fueron para el teatro con el tiempo justo.

Después de la obra (una obra alemana interpretada por un grupo de finlandeses, sin subtítulos o traducción, con una serie de elementos técnicos notables, que la sala llena aplaudió con entusiasmo) caminaron más y terminaron en ese sitio del centro de Bogotá que todo el mundo conoce y en el que todo el mundo termina. Bebieron un rato junto a las amigas y otros amigos de ellas y luego se fueron. Tomaron un taxi hasta el apartamento pero antes dejaron a una de las amigas en su casa. Él se preparó unos huevos revueltos. Ella no comió nada. Se acostaron y hablaron un rato. Él seguía con lo de sus películas. Tuvieron sexo. Él durmió. Ella no.

En la mañana, temprano, ella se levantó y se fue. No volvió a llamarlo o a contestar sus llamadas. Él tampoco intentó mucho.

Un año después, el mundo ya no existía.

31 de enero de 2012

Inútil e inoficioso



Así como Asterios diseña edificios que nunca se construyen, existe gente que pasa su vida escribiendo películas que jamás llegan a filmarse.

27 de enero de 2012

Autoayuda



La clave está en seguir intentando. Calladito y encerrado. Día y noche. Consumir, producir, esconder, liberar. Intentar. Cerrar los ojos y seguir adelante. Probar esto y lo otro. Adentrarse en el yo y luego salirse y alejarse. Volver sin darse cuenta. Darle una vuelta más al asunto, abordarlo desde el otro lado. Cerrar los ojos y respirar con calma y andar hacia el frente, confiando en que se avanza en la dirección adecuada (como cuando uno se pierde en la selva o en el desierto o en el océano y sabe hacia dónde debe andar y cree que anda en la dirección correcta pero no puede estar seguro, no hay forma de confirmarlo, sólo queda seguir andando y llegar a algún lado en algún momento o no llegar nunca y morir en el camino).

Porque por años uno construye una estructura con lo que va encontrando y se refugia en ella y se acostumbra (algunos hasta se encariñan) y empieza a llamarle "vida" y cuando está más acomodado ¡zaz! la tal estructura se cae (era obvio, estaba armada con residuos y pegada con babas) y la rutina y los amigos y la familia y las amantes y los empleos y la estabilidad (todas esas cosas alrededor de las cuales uno se fue encerrando sin darse cuenta pero con la intención explícita de sobrevivir) se van al carajo y uno se queda solo y parece que los años no han pasado y apenas se han cumplido dieciocho pero se está más viejo y más decepcionado y fatigado que nunca (y las ambiciones no abandonan pero cada vez están más disminuidas, gastadas, olvidadas).

Ahí es cuando uno teoriza e inventa cinco hipótesis distintas que hablan de crisis y de ciclos y cambios y mejoras y propósitos y uno se mira en el espejo y se da tres palmadas en la espalda mientras se dice "todo bien que AHORA SÍ, llegó por fin el momento que tanto hemos esperado en secreto". Pero luego uno camina un rato y se toma un café y se sienta y la voz dice que no, que ni mierda, que esas mentiras no se las cree nadie, que no hay propósito ni fin ni proceso ni mejoría. Y luego uno negocia porque lo que importa es la supervivencia, ¿o no?

Y bueno, uno se levanta al otro día temprano y se inventa qué hacer y lo hace, imaginándose que son pasos, que son piezas de un rompecabezas, que hay un destino y que aunque no lo parezca uno está avanzando hacia allá, despacio, con calma, esperando el momento en que en el horizonte aparezca la meta y la voz diga "¿ya?, ni sentí el recorrido, ni me di cuenta de que ya habíamos llegado".

Lo único que queda es seguir intentando a ver si algo pasa.



Pd: Soy una de las 123 personas en el mundo que usamos Google Plus. Como me gusta esa red social que nadie usa y me gustan sus álbumes de fotos, cree varios que reúnen fotografías de caminos recorridos, de momentos vividos y de varias cosas por el estilo. Si les interesa, pasen y conozcan, por ejemplo, el que se titula "Momentos-Lugar" (detrás de cada una de esas fotos hay una anécdota o una historia larga y dolorosa que algún día le contaré a los interesados).

15 de enero de 2012

Así lo intentemos



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(Si el reproductor no carga, dé clic aquí)

Si están en Facebook o Twitter pueden enterarse de novedades vía Fiascómics o el Señor Fiasco respectivamente.

21 de noviembre de 2011

Día 1275 (Visiones)

 Día 1275 



(Visiones)



Cansado. 

Hoy hubo algo de sol. Hacía meses que las nubes de polvo no dejaban ver tanta luz. 



Recolecté 8425 gramos de material distribuido de la siguiente manera:

  
Metales: 7625 gramos
Vidrio: 689 gramos
 
Papel: 111 gramos



El acumulado de lo que va del mes es:

Metales: 86458 gramos
  
Vidrio: 45231 gramos
  
Papel: 2300 gramos
 


Total días en el área: 95


 
Días restantes para recolección del material y reubicación: 21



Notas:



El área está explorada casi en su totalidad. Cada día es más ardua la búsqueda y se hace necesario alejarme más y más del refugio. Con frecuencia pierdo la noción del tiempo y debo apresurarme bastante para regresar antes del anochecer. La relocalización se hace urgente pero aún tardará 21 días. Pronostico días con una producción cada vez menor. Quizás haya días sin producción.
 


Hoy volví a verlos. Estaban el hombre mayor y uno de los niños pequeños. El niño pequeño se quedó mirándome por algunos segundos. Sentí sus ojos encender todo mi cuerpo. Luego se escondieron de prisa, como de costumbre. Necesitaría de un traje más ligero o de un vehículo para poder perseguirlos. Son rápidos. Un traje ligero como los que usan en el Sector 32 o un vehículo como los que están a disposición del personal del Sector 45.



Son una famlia. He visto a cinco de ellos (dos hombres adultos, una mujer, dos pequeños); aunque nunca he logrado ver al grupo completo, siempre andan en parejas o tríos. Son humanos. Estoy seguro. No usan trajes. No usan ropas. Han de haber desarrollado algún tipo de inmunidad a la radiación. O tal vez están muertos. Tal vez sólo son fantasmas. Fantasmas que regresan al lugar en donde vivieron antes de que Todo pasara. Cuando la gente vivía y las familias existían. Cuando El Horror era una amenaza que las personas preferían ignorar.



Los he visto. Varias veces. Han de vivir cerca pero en ninguna de mis exploraciones he encontrado algún lugar ligeramente habitable. Pero los he visto y he intentado alcanzarlos y he visto sus huellas desaparecer bajo el azote de Los Vientos. Los he visto huír en medio de las nubes de vapor que brotan del subsuelo, corriendo, agarrados de la mano. Son ágiles. Ágiles y bellos. Me pregunto quienes son. Me pregunto cuál es su historia. Me pregunto por qué los Superiores niegan su existencia. Me pregunto si es verdad que son visiones. Me pregunto por qué huyen, por qué no vienen a visitarme. Me gustaría que vinieran a visitarme. Estoy solo. Todos los días, en el refugio y ya sin el traje, me siento a comer y hablo conmigo mismo para no perder la costumbre. Temo perder el don del habla. Temo que un día la garganta empiece a dolerme y que un par de semanas después se cierre por completo y para siempre. He escuchado que pasa (en el cuartel los muchachos contaban todo tipo de historias sobre lo que nos esperaba). También trato de verme en los reflejos de la cocina para reconocer mi cuerpo desnudo. Mi cuerpo ha cambiado. Sigue estando en forma pero es distinto, se ha degenerado, ha envejecido. Si tan sólo pudiera hablarles. Si pudiera preguntarles quienes son y qué se siente amar y ser amado o cómo es tener la habilidad de correr libremente entre el polvo y los escombros. Si pudieran decirme si ellos sienten en la piel el mismo escozor, el mismo calor pegajoso que siento yo dentro del traje.



El computador anuncia que la limpieza del material ha terminado. Debo dirigirme al punto de recolección para luego ubicarlo en la bodega. 



Mañana he de dirigirme al cuadrante ZX24. Vi una posible fuente de metales pero era tarde y empezaba a anochecer. Aspiro recuperar un par de kilogramos de ese cuadrante. Con un poco de suerte conseguiré suficiente para completar la cuota del mes.

Estoy cansado. Espero al menos lograr conciliar el sueño esta noche.




23 de septiembre de 2011

El scroll infinito


¿Cuándo ocurrió?

¿Hace diez meses?, ¿hace dos?, ¿este año o el anterior?

La rutina convierte la existencia en un bloque de contornos poco definidos en el que apenas se distingue un lejano y desdibujado “antes” que más bien parece una ilusión y en el que todo -las personas, los objetos, los acontecimientos, Todo- se funde en una misma materia fragementada en pequeñas partículas de tamaños apenas diferentes, envueltas en una espesa sustancia que las corroe y regenera por igual y con indiferencia. Una sustancia que resulta ser la rutina misma y que nunca para de crecer y de devorar los días, espesando cada vez más y más hasta empezar a solidificarse desde el centro hacia los bordes, atrapando para siempre algunos fragmentos que se conservarán como fósiles engañosos que permitirán a los arqueólogos del futuro crear ficciones que no por falsas pueden ser acusadas de inverosímiles, inválidas o sin importancia dentro del proceso de reformulación y creación de la cadena evolutiva del ego.

Cada semana sucede a la anterior a un ritmo colérico e inclemente, idénticas las unas a las otras, con los periódicos y predecibles intentos de escape -la caminata bajo la lluvia, la borrachera eventual, el sexo y el romance, las lágrimas y los impotentes rituales antisistema como destruir una tarjeta de crédito condenándola a la furia de las manos primero y al fuego después-. Inútiles intentos de escape y de búsqueda de lo significativo, de lo trascendente y de las emociones verdaderas que no tienen lugar en la era del aburrimiento, la sobreestimulación, el scroll infinito y el stream inagotable.
Desperdiciamos nuestras poco valiosas vidas encerrados en la vibración de latas, vidrios y gomas durante horas y horas cada día, respirando el humo venenoso del progreso, concentrados en las mentiras del mundo que tanto nos gusta creer -el amor, la democracia, el entretenimiento, los vicios, la cultura, el maldito progreso-. No hay en nuestras vidas verdadera belleza, verdadero conocimiento, sólo mediocres réplicas que se quedan cortas desde todo punto de vista, pero que son lo único a lo que podemos acceder porque necesitamos el tiempo para producir, encerrados en apestosas oficinas mal iluminadas o en salones de clase en los que no se aprende lo que se debería aprender. Vivimos en una era fugaz y pasajera -y ya sabemos que el problema de lo fugaz es un problema de perspectiva- en la que el mundo es blando y epidérmico, tan ligero y transparente que quien realmente quiere ver no tiene problema en encontrarse con el horror y la desesperación.
Todo lo que queda es seguir intentando, seguir entablando conversación con el anciano acomodador de una sala de cine vacía, seguir saliendo con la mujer que conociste en la fiesta en la que no querías estar, seguir esperando ese golpe de suerte que nunca va a llegar, seguir drogándose, seguir imaginando realidades paralelas mientras haces scroll, te masturbas, stalkeas y sueñas con esa epifanía en que por fin el Arte se te revelará como el camino inequívoco a La Verdad y logrará que, de una buena vez, todos los sacrificios y la mierda cobren algo de sentido.

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13 de julio de 2011

Meat is murder

Meat is murder

Meat is murder

Meat is murder





- Es el ciclo de la vida: naces, creces, te reproduces y luego llega algún humano y te jode.

(Más)

10 de julio de 2011

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I. Nostalgia

Nos encontrábamos siempre por casualidad. Ella aburrida de los estudios, del desempleo, de la familia; yo agotado, ocupado, atrapado en proyectos inútiles y sin futuro, al borde de la desesperación. Escapábamos juntos. Descendíamos de las montañas envueltos en la alegría imprudente y suicida del que se da el lujo de huír; andábamos dando rodeos, eligiendo calles de forma caprichosa, parando en parques, viendo y comparando techos de edificios, de casas antiguas, estudiando detalles de rejas o jardines, haciendo tiempo mientras el sol terminaba de ocultarse e intentando verlo todo desde un ángulo nuevo. Caminábamos hasta que la presencia de la Gran Avenida se hacía demasiado imponente y nos obligaba a recorrerla, a atravesarla para adentrarnos en el corazón de Chapinero. Íbamos a un pequeño, costoso y agradable bar de jazz en donde pedíamos una cerveza tras otra y empezábamos a armar una deliciosa atmósfera de intimidad que luego nos llevábamos con nosotros cuando, tras realizar una juiciosa proyección presupuestal, decidíamos cruzar la calle y comprar una botella de aguardiente en la pequeña tienda llena de obreros que no sólo quedaba frente al bar de jazz sino que además abría más temprano, cerraba más tarde, era significativamente más barata y tenía una rocola. Una vez en la tienda comprábamos el aguardiente y dejábamos todas las monedas en la rocola -Canales, Jaramillo, Lavoe, Gardel, Acosta; la música que cada uno había aprendido en su casa, de sus padres-; nos sentábamos y hablábamos por horas -sin fijarnos en el modo en que íbamos perdiendo sensatez y ganando calentura- de las cosas que habla todo el mundo en estas situaciones: del pasado, del presente, del futuro, de las respectivas parejas y los respectivos oficios, de conocidos, de la familia y el país. Luego llegaba otra botella de aguardiente y a veces otra y a veces otra y en alguna ocasión otra más. Cuando la situación lo permitía íbamos juntos al baño o ella se escondía debajo de la mesa y me la chupaba para que luego mis dedos y yo devolviéramos las atenciones. Bebíamos y hablábamos hasta que la tienda cerraba y la dependiente nos sacaba con amabilidad. Luego tomábamos un taxi e íbamos a amanecer a un motel.

II. Nuestro juramento

Los encuentros empezaron a repetirse con cierta frecuencia y de forma cada vez menos casual. Nos prometimos noches que nunca nos cumplimos -ir a bailar a un bar de salsa, acampar fuera de la ciudad y consumir ácidos, ir a ver una película juntos-: siempre seguimos nuestra rutina jazz - rocola. Hasta que todo terminó del mismo modo impreciso en que había comenzado: nos conocimos algún viernes por medio de amigos en común de los que yo me distancié por razones que no caben en este relato; el bar de jazz cerró y ella salió a vacaciones de la universidad -así que por un tiempo no volví a encontrármela por Chapinero-. Fueron unos lindos meses. Yo dejé de contestar un par de llamadas suyas y ella dejó de insistir. Perdimos contacto con la misma velocidad con que nos conocimos.

III. Triste y vacía

Un par de años más tarde me la encontré en la calle en otra ciudad, en otro país. Ella tenía un hijo y yo estaba casado. Ella llevaba unos meses viviendo allí y yo había llegado hacía unos días -iba para un congreso y la semana siguiente me regresaba-. Salimos un par de veces y nos aburrimos juntos una eternidad. Nunca nos volvimos a ver.

IV: Bonus Track

( 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 )

Pd: Estoy estrenanado:

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3 de mayo de 2011

El futuro es ahora


La semana pasada La Madre Europa y junto a ella un cuarto del mundo estuvieron conmocionados, alterados, obnubilados por la contemplación juiciosa de una boda real y de la beatificación de un papa, eventos cumbre que junto a maravillas del ingenio humano como el Clásico Real Madrid Vs. Barcelona nos enseñan el esplendor y la grandeza de los que la sociedad Occidental es capaz. Dios te salve, Reina y Madre, guiános por el único camino posible y no nos dejes caer en tentación. Amén. El futuro es ahora y nosotros somos pasado, presente y futuro. El nuevo amanecer ha llegado y el mundo está bien y mejorando.

Yo también quiero encontrar a mi Príncipe Azul porque es que eso es muy buen negocio: Beatifícame, canonízame, crucifícame, bada baboom boom boom.

Hoy todos los civilizados hijos del mundo libre celebramos en las calles la muerte del mayor bastardo y el fin de todos nuestros problemas. Se hizo Justicia, como dios manda, con efectividad, sangre y explosiones, apenas diez años después del hecho por el que lo condenamos, con sólo unos cuantos miles de millones de dólares invertidos y reduciendo los daños colaterales a decenas de miles de muertos y algunas ciudades insignificantes reducidas a ruinas. It's a war that I feel we just won. La gran sombra ha pasado, la amenaza ha cesado y el enemigo va en retirada. Lo único reprochable es la ausencia del cadáver, porque así no tenemos a quién escupir, no tenemos rostro deformado para arrastrar por calles polvorientas ni ataúd sobre el cual brindar con un par de buenas cervezas y para colmo no faltará el imbécil conspiracionista que asegure que lo de las torres fue un trabajo interno y que la prueba máxima está en que el señor de barbas ahora vive como rey en Bariloche.

Por mí que maten a todos esos hijueputas, por mí bien puedan mátense todos: dispárame, explótame, colateralízame, bada daboom bam bam.

Y mientras el mundo progresa a esa velocidad vertiginosa yo no me quedo atrás porque tengo un empleo y deudas y cada vez me quedan menos de esas cosas que llaman sueños y así está mejor porque lo que uno necesita en esta vida es estabilidad y la estabilidad significa tener mujer e hijos (o al menos un gato que maúlla y grita cuando tiene hambre y ataca, muerde y rasguña cuando está aburrido).

Todo es un chiste pero no se engañen porque todo va muy en serio: empléame, pensióname, impuéstame, bada daboom bam bam.

Este es el futuro y los caníbales aún no regresan a las catatumbas a devorarse a su señor sino que lo hacen en público y la gente los aplaude y los obedece porque aún deciden quién gobierna con su apoyo y el de los guerreros sanguinarios que atacan de noche y asesinan sin piedad porque actúan en nombre de Su Majestad La Verdad y el General Homogeneidad.

Y a mí todavía un par de piernas enmalladas en la calle me cambian el destino.

Bada baboom boom boom.

20 de mayo de 2010

Esas noches (tantas noches)

Es de noche y algún virus me obliga a estar abrigado, lleno de mocos y con ligeros retorcijones de estómago. Intento trabajar, trato de enmendar tantos errores cometidos en distintos periodos de mi vida, cadenas de decisiones mal tomadas que me tienen donde estoy y que determinan mi incierto futuro. Hace un poco de frío y no logro concentrarme, no estoy motivado, quisiera huír ahora mismo y no regresar nunca. Miro por la ventana intentando descifrar alguna figura allá abajo, en la oscuridad absoluta.
Llegan de repente los recuerdos y las imágenes de personas y lugares que he dejado atrás, aparece la certeza de lo poco que importan o importaron pero de lo imborrables que son. Rostros indelebles de personas con las que escasamente compartí un trago, una conversación sobre una película o un paseo en el metro. Revivo esa sensación en la piel al caminar en invierno por calles oscuras en busca de un teatro o de un café para entrar a quemar un poco de tiempo y para pensar, para garabatear en mi fiel libreta, para no tener que regresar a lo que sea que en esos momentos llamo casa, en donde sólo me esperan un par de trapos, unas cobijas y un colchón. Restaurantes de comidas rápidas abiertos 24 horas con familias indígenas que cuentan monedas o puticas de catorce años sentadas en las piernas de borrachos barrigones, billares en barrios que se supone son peligrosos, avenidas desoladas que parten en dos a ciudades de millones de personas -de las cuales las mayoría está en sus casas, con sus famiias, viendo la televisión, fornicando o intentando conciliar el sueño, ignorando a ese otro grupo de hombres y mujeres que mientras tanto conducen, cuidan, empacan, atienden, construyen-. Mujeres o travestis -a veces, en la madrugada, es tan difícil y tan poco importante distinguir- que te persiguen por una cuadra o dos gritándote "ven, guapo, para ti hay descuento, para ti es gratis si vienes ya, yo también tengo frío, calentémonos juntos", mientras tú aceleras el paso riendo en silencio y sintiendo pequeños punzones en la espalda, esperando una puñalada que nunca llega y que quizás nunca va a llegar, cuestionándote sobre el tipo de calor que busca esa mujer, en si de verdad es calor lo que busca, en qué es lo que ve en ti.

Esas noches. Tantas noches.

Quisiera poder salir a caminar pero estoy atrapado en la periferia de una ciudad de mierda, sin lugares para ir a divagar, sin caminos para recorrer, sin opciones para caminar. Perdido en un infierno suburbano de gigantes edificios habitados por miles de personas dopadas, indiferentes.

Tantas almas tan solas. Tanta gente operando máquinas con la mente en blanco y las tripas congeladas para poder soportar el horror de la vida, adormecidas para poder levantarse cada día, para no pararse una mañana con el sol y lanzarse por la ventana. Tantas parejas copulando con furia y emoción, tratando de sacarle verdades absolutas inexistentes al cuerpo del otro, queriendo llenar de sexo, de esa cosa tan efímera, el vacío que les corroe la panza y la caja torácica. Tanta gente que se puede tocar pero no se logra conectar.

Y estoy yo.

Yo y mi constante deseo de salir corriendo. Yo y tantas cosas que quisiera cambiar de mí. Yo y ese lo que sea que me obliga a regresar siempre al mismo punto o que me amarra y no me deja perder para siempre.

Debe ser muy difícil quererme. Debe ser agotador aguantar mis continuos e inesperados ataques, esas noches en que todo está bien y yo salto y digo "me voy para siempre y es por tu bien" (para regresar sólo unas horas más tarde como si nada hubiera pasado, a limpiar lágrimas con una sonrisa irónica). Ha de ser insoportable mi incapacidad de comprender a los demás, mi desentendimiento de la enfermedad y de la tristeza, mi convicción de que cualquier cosa -cuando no me pasa a mí- se soluciona con una sonrisa, una despercudida y un nuevo intento. hay que ser paciente para soportar mi continuo inconformismo, mis ganas de no estar aquí pero tampoco estar allá, de estar en ninguna parte, el deseo de irme sin saber a donde. Ni yo aguanto esa angustia que a veces me tira a la cama a llorar y a gritar que todo está perdido, que el fracaso es evidente, que la resignación es la única opción.

Creo que tengo fiebre, me duele un oído y debo trabajar en la mañana. Mejor me acuesto.

L.

7 de diciembre de 2009

Historia de detectives

Tengo un nuevo empleo: edito vídeos de cámaras de seguridad. Es temporal, la paga es vergonzosa y a algunos les parece increíble que "después de todo" yo esté haciendo este tipo de cosas. A mí no me importa. ¿Les cuento cómo funciona? va así: hay una compañía que provee vigilancia a edificios, negocios y unidades residenciales. Pasa que, a veces, hay robos menores, pérdidas, asaltos o cualquier tipo de afronta al patrimonio resguardado (sic) y para eso usan los vídeos que capturan unas camaras pequeñitas que "esconden" por ahí.

Ahí entro yo: tomo los vídeos (que están en una pésima calidad) y trato de hacerlos presentables. Busco sospechosos, elimino tiempos muertos, acerco o alejo equis parte, aumento o disminuyo la velocidad para que la acciones se vean más claras. Repaso una y otra vez los vídeos de cada ocasión mientras los edito y, explorando mi faceta más voyeur, me entretengo viendo a la gente que parece no saberse observada

Me gusta imaginarme como uno de esos agentes especiales de las películas de décadas pasadas, con súper computadoras y acceso a satélites, persiguiendo terroristas peligrosísimos a los que, una vez ubicados, debo salir a cazar con mis propias manos (y mi Desert Eagle, por supuesto). A veces también juego al detective y elaboro hipótesis sobre cada caso pero no se las cuento a nadie.

Las fantasías son bonitas pero al final sólo estoy yo en una oficina pobremente iluminada, sentado frente a una computadora demasiado lenta, bajando códecs para poder editar cierto vídeo, con un termo repleto de café hirviendo y escuchando viejo heavy metal que explota desde unos pequeños audífonos mientras llega la hora de ir a mi casa a leer y dormir.

El "caso" en el que trabajo ahora es bastante común: de un edificio residencial se robaron una noche un carro. Los celadores no vieron o escucharon algo sospechoso, el auto estaba en un punto ciego de una de las cámaras y hay un problema con los archivos de la cámara de la entrada/salida del parqueadero y los datos son irrecuperables.

En la cámara que graba el acceso por las escaleras al sótano-parqueadero hay un hecho -aislado de la inevstigación- que me perturba: a las 22:25 una mujer pasa caminando muy rápido y baja las escaleras. Esto parecería normal, pero yo estoy seguro de que la mujer va sin pantalón, en calzones. Estas cámaras graban pocos fotogramas por segundo y la mujer camina muy rápido, por lo que no puedo estar seguro. Las imágenes obtenidas son en blanco y negro y de muy baja calidad y eso también difculta mi investigación. Igual, repaso la secuencia cuadro a cuadro una y otra vez: la mujer está semidesnuda.

La mujer está semidesnuda o yo quiero que la mujer esté semidesnuda. Quiero pensar en una mujer que recibe una llamada antes de la media noche y debe salir con tanta prisa que olvida ponerse un pantalón -lleva las llaves del auto en la chaqueta-, una mujer que corre a solucionar una emergencia familiar o al encuentro de un amante desesperado que por fin se dignó a llamarla o a comprar pan para el desayuno antes de que cierren todo -pero no, esta última opción se descarta porque la mujer, con o sin pantalones, no vuelve en toda la noche-.

Después de perder varios buenos minutos haciendo zoom aquí y allá para salir de mi duda retomo mi trabajo. Como en la mayoría de fotogramas la mujer parece tener las piernas descubiertas decreto que efectivamente iba con prisa y en calzones a definir su destino. Punto final -aunque soy conciente de lo inverosímil de todo esto-.

Ahora debo reunir las imágenes donde sale cierta señora que parece ser parte de la banda que robó el carro. Pasada la media noche la señora, que ni es residente ni se sabe qué hace ahí a esa hora, se para frente a la cámara de las escaleras que llevan al parqueadero y obstruye la visión de la portería. Luego de dos minutos se da la vuelta y mira fijamente al lente por un par de segundos y cuando hace eso yo siento que me desafía, que nos desafía a todos y que se burla; que sabe que la estamos viendo y que sentimos un poco de miedo y a ella esas cosas le generan risa y le causan placer. Después baja por las escaleras hacia el punto muerto y ya no la puedo encontrar por el resto de la noche en ninguna de las cámaras.

11 de noviembre de 2009



Hace unas noches no lograba dormir y decidí hacer cuentas de cosas. Es que hace años que las ovejas se cansaron de saltar y saltar hasta que les llegaba el sol.

Este año he dormido en unas treinta camas, un poco más, un poco menos. También dormí en el suelo, en bolsa de dormir, unas veinte veces -en habitaciones ajenas, en colchonetas, en algunas terminales, en un hostal sin camas-. Un par de veces dormí en el piso de una fiesta, sin abrigo, inundándolo todo con mi vómito, tan desecho como me es posible. También dormí en buses, decenas de ellos, de los cama, de los normales y de los de mierda de dos pisos a punto de irse por un abismo y de llevarse al infierno a cincuenta bolivianos que buscan un futuro mejor. Tuve que dormir en un sofá por dos noches y no dormí porque vi televisión hasta que los pájaros cantaron y el sol salió. A veces me acuesto a todo menos a dormir. He dormido muy solo y he dormido muy bien acopañado. He dormido bien y he dormido mal y me he levantado con la espalda adolorida y el dolor me ha durado semanas. No he dormido. He visto muchos amaneceres y he tenido días de setentaymuchas horas.

He salido a caminar a horas no recomendables por ciudades que apenas conozco en busca de oscuridad y algo indefinido que a veces toma la forma de la palabra "paz" y a veces la de "vida" y me he metido por callejones que huelen a orina y que resultan no tener salida y he terminado tomando alcohol para conciliar el sueño y apaciguar los demonios.

Mi hermana hace un par de días me contó que cuando no se puede dormir se acuerda de una vez que éramos muy pequeños y a ella no le daba sueño y yo le dije que pensara en blanco, que viera blanco, y dijo que hace eso y que es como una luz que la abofetea y que efectivamente se duerme. Yo no recuerdo de qué ocasión habla. Luego dijo que cuando yo no estaba se acordaba de eso y se dormía pero se dormía muy triste.

A vece duermo y sueño todo tipo de cosas. Sueño o imagino que soy polvo y me voy por ahí y me desaparezco como siempre he anhelado en secreto. A veces sencillamente pasa que me deshago, que estoy de pie y los átomos empiezan a huír -y lo puedo sentir y se siente bien- y me vuelvo un pequeño, corto y silencioso pppffffffffffff.

¿Alguna vez te preguntaste? (38)