27 de abril de 2013
12 de noviembre de 2012
Pertenencias
(Cuento ganador del concurso Stadt: Historias de la gran ciudad 2012, organizado por el Goethe Institut, Radiónica y Hoja Blanca)
Por las calles bajaban torrentes de agua, arrastrando basuras cual cadáveres de peces en un río muerto y forzándome a saltar para evitar las corrientes y los charcos en el pavimento. Odio tener los pies mojados. También odio que se me llenen de gotas los lentes de las gafas, pero eso ya no podía evitarlo. Era un atardecer gris y lluvioso y me estaba tardando en encontrar la dirección. Caminé de un lado a otro por calles tan irregulares como desiertas, bajo la vigilancia de las montañas iluminadas constantemente por relámpagos fríos y azules. Cuando por fin vi el frente de la casa no pude dejar de sentirme oprimido por la tristeza que junto con el agualluvia escurría por las paredes como la fría exudación de cada historia y de cada desgracia encerradas en ese viejo edificio. Entré, empapado, y me presenté ante la casera. Le expliqué quién era y a qué iba y ella, alegando comprenderme perfectamente y con una cierta afectación que no pude dejar de notar, me prestó una toalla para secarme y me guió por un largo corredor lleno de puertas de madera aseguradas con candados y cadenas. Al llegar a una de las últimas me dijo “Aquí es. Voy a estar en la cocina por si necesita algo. Siéntase libre de tomarse su tiempo, yo entiendo”.
Siempre tengo presente el día en que Adriano se fue de casa. Por ese entonces tenía diecinueve años y acababa de abandonar la universidad. Los problemas habían empezado años antes, no puedo decir cuándo o por qué, pero claramente a esa altura ya la solución se había escapado de nuestras manos. Aún conservaba el rostro afable que tanto enorgullecía a su madre pero hacía tiempo había perdido la alegría que lo caracterizó durante su infancia y su primera juventud. Había vivido toda su vida en la misma casa, en la misma habitación, acumulando en ese espacio objetos, afectos, recuerdos y todo tipo de cosas. Y ahora tenía que tomar todo lo que más pudiera y empacarlo en dos cajas y una maleta. Para siempre. Quería, más que tenía, porque nadie lo forzó a tomar esa decisión. Desde los quince años, quizás antes, nos venía amenazando a su madre y a mí con que se marcharía en cuanto pudiera, pero sólo fue una semana antes de irse cuando, durante la cena, nos dio la noticia. “Dentro de ocho días me voy. Conseguí un lugar dónde vivir”, fue todo lo que nos dijo. Su madre trató infructuosamente de disuadirlo toda la semana y para el momento en que se fue estaba encerrada en nuestro cuarto, llorando desconsolada. Yo, distante, herido, ofendido, lo observé acomodar sus libros preferidos, sus películas, sus discos, su grabadora, su mejor ropa, cobijas y algunos recuerdos de su infancia. Luego lo vi tomar las cajas y la maleta y sentarse en la calle a esperar un taxi. Sus hermanos le ayudaron a acomodarse en el carro. Lo vi irse desde una ventana en el segundo piso, escondido tras la cortina. No se despidió de nadie, se fue odiándonos. Dijo que pronto volvía por el televisor y otras cosas. Nunca regresó.
Algunos años después me encontraba arrodillado en el piso de una habitación pequeña, estrecha, oscura, sin una sola ventana. Un agujero que emanaba un terrible olor a humedad desde antes de entrar. Nunca entendí por qué cambió lo que tenía, lo que su madre y yo le habíamos dado, por esa pocilga, por esa falsa libertad. Y allí estaban, casi con exactitud, los mismos objetos que esa noche sacó de su habitación en casa –habitación que aguardó su regreso por mucho tiempo, hasta que la desesperanza y la necesidad de seguir adelante la convirtieron en un depósito de chécheres y cachivaches, lleno de telarañas y con las cortinas siempre cerradas-. Al parecer, sus años de ausencia del hogar no lo habían cambiado mucho. La cama sin tender, la ropa por el suelo, la mesa de noche cubierta por una capa de papeles de todo tipo y una pila de libros, el mismo desorden por el que discutía cada dos días en casa con su mamá. Revisé bajo la cama y, como lo esperaba, encontré las dos cajas de la mudanza. Me senté, lleno de paciencia y una extraña inquietud, y empecé a revisar los papeles de la mesa de noche: dibujos, escritos, facturas. Y, gracias a esa información, pude elaborarme un mapa mental de sus últimas semanas: qué había comido, cuándo, dónde, si estaba solo o no, cuándo fue a cine, qué vio, qué escribió y a quién. Pude recrear algunos de sus recorridos, imaginarme sus compañías, sus costumbres.
Ese fue el momento en que descubrí a qué había ido a ese lugar. No había ido, como creí en un principio, a recoger las pertenencias de mi hijo para llevarlas a casa. No, había ido para investigarlo, para tratar de saber qué había sido de él desde que lo había perdido completamente. Había ido para conocerlo y para reconocerlo. Un disco estaba puesto en la grabadora y lo hice sonar. No supe qué era pero era el tipo de música que Adriano escuchaba encerrado cuando vivía con nosotros. Esa música que siempre me pareció triste y que parecía ser perfecta para su carácter. Estuve a punto de derrumbarme. Traté de empacar todo en las cajas sin fijarme demasiado en cada cosa pero era inevitable pensar en cada una de sus acciones y en por qué las había hecho. Era inevitable el imaginarme a ese hijo que nunca conocí y su críptica vida.
Cuando Adriano se fue de casa me forzó a reflexionar sobre el modo en que algunas personas nos establecemos en un lugar y construimos toda nuestra vida a su alrededor. La forma en que los objetos que consideramos propios –o su ausencia- definen cierta parte de nuestro paso por la tierra: nuestros gustos, nuestros comportamientos, nuestra relación con el entorno, una cara de nuestra personalidad. Cómo, a lo largo de una vida, en un sitio determinado, acumulamos ciertas cosas a las que se les otorga un gran valor, se les asocian recuerdos, sentimientos, se convierten en objetos que, de un modo u otro, nos significan a nosotros mismos. Y me quebraba el pensar en lo difícil que ha de ser tratar de meter eso en dos cajas y una maleta.
Durante los años que mi primogénito vivió fuera de casa fueron muy pocas las noticias que tuve de él. Alguien lo vio en la calle, su hermana se lo encontró en un bar, llamó a su madre para el cumpleaños o para la navidad. La información era confusa. Quienes sólo lo veían decían que estaba demacrado, sumido en vicios, a punto de desaparecer, pero quienes hablaban con él mencionaba a un tipo alegre, entusiasta, lleno de vitalidad y deseoso de salir adelante. Sé que estuvo trabajando en una cosa y otra, consiguiendo el dinero justo para sobrevivir, viviendo siempre en la misma pieza. Sé que nunca volvió a la casa y que una tarde se citó con su madre para almorzar y no dijo mayor cosa durante lo que duró el encuentro, incapaz de abandonar ese hermetismo que siempre lo caracterizó. Y que al final insistió en ser él quien pagaba la cuenta.
Yo no fui consciente de cuánto desconocía a mi hijo hasta el día del velorio, cuando conocí a su novia de los últimos cuatro años, cuando vi a sus mejores amigos de toda la vida y no fui capaz de reconocer a ninguno, cuando gente desconocida se acercaba a expresarme sus condolencias y a contarme cosas sobre un tipo de quien bien me podrían estar hablando por primera vez.
Si es difícil empacar tu vida para mudarte, más difícil es empacar la vida de un ser amado que acaba de morir y de quien acabas de reconocer no sabes nada. Porque a pesar de todo yo amé a mi hijo. Porque mientras estaba encerrado en ese cuarto no podía dejar de llorar y de imaginar quién era ese hombre que llevaba mi apellido y mi sangre. Porque esos objetos eran lo último que quedaba de él y podrían ser lo único una vez los recuerdos se fueran borrando. Porque en un par de horas yo estaría en casa y guardaría esas cajas en la que había sido la habitación de Adriano y una vez al año, atacado por la nostalgia, iría allí para tratar de recordarlo, de reconstruirlo basándome en los objetos que alguna vez le habían pertenecido.
Cuando terminé de empacar me tomé unos últimos minutos sentado sobre la cama. Las pertenencias de mi hijo muerto sólo me habían dejado más dudas. Imágenes hechas de suposiciones, un retrato construido sobre el blando terreno de las especulaciones. Debía buscar las respuestas en algún otro lugar pero no se me ocurría dónde. Fui a la cocina a buscar a la casera, le devolví la toalla y le pedí que aclaráramos cuentas para poder pagar las deudas de mi hijo. Ya había anochecido y la lluvia era cosa del pasado. Me fumé un cigarrillo viendo las goteras del lugar. Luego tomé las cajas y la maleta y me senté en la calle a esperar un taxi.
12 de junio de 2012
Perdón Universal
9 de junio de 2012
Sábado en la tarde (Anticipación)
Si estuviera en mis manos suprimiría las tardes de viernes, sábados y domingos y dejaría solo las mañanas para recuperarse y las noches para disfrutar. Haría de la vida una fiesta y cada semana se tendría que probar un nuevo fondo y así todos descenderíamos hasta el final, hasta consumirnos y explotarnos con ese bello resplandor fugaz de la vida bien vivida y bien abandonada. Dejaría lo útil, lo funcional, y perseguiría la sorpresa, lo oculto, los márgenes poco definidos y escasamente transitados.
La responsabilidad, la angustia y la culpa son el enemigo. Para que la ambición no se devore la vida hay que obligarla a funcionar sólo en horarios de oficina. Apagar los sueños cada tarde, mandar la economía al carajo y perderse en la ciudad o en el campo, cada noche, buscando el disfrute y la trascendencia de lo insignificante. Patear al aburrimiento en la cara y escupir sobre sus precios altos y su menú inagotable, sobre sus imposiciones y su orden social. Reír y llorar, olvidarse de todo y tomar el último bus de la noche hacia cualquier parte. Tener sexo debajo de la mesa de una fiesta desesperante y formal, beberse todo el champán y orinar sobre el ponche.
Hacer que valga la pena.
Salir. Caminar. Beber. Ver gente. Hacer que las cosas pasen.
Y sobrevivirlo por otro rato.
8 de abril de 2012
Viernes Santo
31 de enero de 2012
Inútil e inoficioso
27 de enero de 2012
Autoayuda
15 de enero de 2012
Así lo intentemos
28 de noviembre de 2011
Fue un accidente
21 de noviembre de 2011
Día 1275 (Visiones)
23 de septiembre de 2011
El scroll infinito
22 de agosto de 2011
(Secretaría de Salud)
13 de julio de 2011
Meat is murder
10 de julio de 2011
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I. Nostalgia
II. Nuestro juramento
Los encuentros empezaron a repetirse con cierta frecuencia y de forma cada vez menos casual. Nos prometimos noches que nunca nos cumplimos -ir a bailar a un bar de salsa, acampar fuera de la ciudad y consumir ácidos, ir a ver una película juntos-: siempre seguimos nuestra rutina jazz - rocola. Hasta que todo terminó del mismo modo impreciso en que había comenzado: nos conocimos algún viernes por medio de amigos en común de los que yo me distancié por razones que no caben en este relato; el bar de jazz cerró y ella salió a vacaciones de la universidad -así que por un tiempo no volví a encontrármela por Chapinero-. Fueron unos lindos meses. Yo dejé de contestar un par de llamadas suyas y ella dejó de insistir. Perdimos contacto con la misma velocidad con que nos conocimos.
III. Triste y vacía
Un par de años más tarde me la encontré en la calle en otra ciudad, en otro país. Ella tenía un hijo y yo estaba casado. Ella llevaba unos meses viviendo allí y yo había llegado hacía unos días -iba para un congreso y la semana siguiente me regresaba-. Salimos un par de veces y nos aburrimos juntos una eternidad. Nunca nos volvimos a ver.
IV: Bonus Track
( 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 )
Pd: Estoy estrenanado:
http://gabrielmuelle.co.cc
3 de mayo de 2011
El futuro es ahora
La semana pasada La Madre Europa y junto a ella un cuarto del mundo estuvieron conmocionados, alterados, obnubilados por la contemplación juiciosa de una boda real y de la beatificación de un papa, eventos cumbre que junto a maravillas del ingenio humano como el Clásico Real Madrid Vs. Barcelona nos enseñan el esplendor y la grandeza de los que la sociedad Occidental es capaz. Dios te salve, Reina y Madre, guiános por el único camino posible y no nos dejes caer en tentación. Amén. El futuro es ahora y nosotros somos pasado, presente y futuro. El nuevo amanecer ha llegado y el mundo está bien y mejorando.
Yo también quiero encontrar a mi Príncipe Azul porque es que eso es muy buen negocio: Beatifícame, canonízame, crucifícame, bada baboom boom boom.
Hoy todos los civilizados hijos del mundo libre celebramos en las calles la muerte del mayor bastardo y el fin de todos nuestros problemas. Se hizo Justicia, como dios manda, con efectividad, sangre y explosiones, apenas diez años después del hecho por el que lo condenamos, con sólo unos cuantos miles de millones de dólares invertidos y reduciendo los daños colaterales a decenas de miles de muertos y algunas ciudades insignificantes reducidas a ruinas. It's a war that I feel we just won. La gran sombra ha pasado, la amenaza ha cesado y el enemigo va en retirada. Lo único reprochable es la ausencia del cadáver, porque así no tenemos a quién escupir, no tenemos rostro deformado para arrastrar por calles polvorientas ni ataúd sobre el cual brindar con un par de buenas cervezas y para colmo no faltará el imbécil conspiracionista que asegure que lo de las torres fue un trabajo interno y que la prueba máxima está en que el señor de barbas ahora vive como rey en Bariloche.
Por mí que maten a todos esos hijueputas, por mí bien puedan mátense todos: dispárame, explótame, colateralízame, bada daboom bam bam.
Y mientras el mundo progresa a esa velocidad vertiginosa yo no me quedo atrás porque tengo un empleo y deudas y cada vez me quedan menos de esas cosas que llaman sueños y así está mejor porque lo que uno necesita en esta vida es estabilidad y la estabilidad significa tener mujer e hijos (o al menos un gato que maúlla y grita cuando tiene hambre y ataca, muerde y rasguña cuando está aburrido).
Todo es un chiste pero no se engañen porque todo va muy en serio: empléame, pensióname, impuéstame, bada daboom bam bam.
Este es el futuro y los caníbales aún no regresan a las catatumbas a devorarse a su señor sino que lo hacen en público y la gente los aplaude y los obedece porque aún deciden quién gobierna con su apoyo y el de los guerreros sanguinarios que atacan de noche y asesinan sin piedad porque actúan en nombre de Su Majestad La Verdad y el General Homogeneidad.
Y a mí todavía un par de piernas enmalladas en la calle me cambian el destino.
Bada baboom boom boom.
29 de marzo de 2011
16 de enero de 2011
20 de mayo de 2010
Esas noches (tantas noches)
Llegan de repente los recuerdos y las imágenes de personas y lugares que he dejado atrás, aparece la certeza de lo poco que importan o importaron pero de lo imborrables que son. Rostros indelebles de personas con las que escasamente compartí un trago, una conversación sobre una película o un paseo en el metro. Revivo esa sensación en la piel al caminar en invierno por calles oscuras en busca de un teatro o de un café para entrar a quemar un poco de tiempo y para pensar, para garabatear en mi fiel libreta, para no tener que regresar a lo que sea que en esos momentos llamo casa, en donde sólo me esperan un par de trapos, unas cobijas y un colchón. Restaurantes de comidas rápidas abiertos 24 horas con familias indígenas que cuentan monedas o puticas de catorce años sentadas en las piernas de borrachos barrigones, billares en barrios que se supone son peligrosos, avenidas desoladas que parten en dos a ciudades de millones de personas -de las cuales las mayoría está en sus casas, con sus famiias, viendo la televisión, fornicando o intentando conciliar el sueño, ignorando a ese otro grupo de hombres y mujeres que mientras tanto conducen, cuidan, empacan, atienden, construyen-. Mujeres o travestis -a veces, en la madrugada, es tan difícil y tan poco importante distinguir- que te persiguen por una cuadra o dos gritándote "ven, guapo, para ti hay descuento, para ti es gratis si vienes ya, yo también tengo frío, calentémonos juntos", mientras tú aceleras el paso riendo en silencio y sintiendo pequeños punzones en la espalda, esperando una puñalada que nunca llega y que quizás nunca va a llegar, cuestionándote sobre el tipo de calor que busca esa mujer, en si de verdad es calor lo que busca, en qué es lo que ve en ti.
Esas noches. Tantas noches.
Quisiera poder salir a caminar pero estoy atrapado en la periferia de una ciudad de mierda, sin lugares para ir a divagar, sin caminos para recorrer, sin opciones para caminar. Perdido en un infierno suburbano de gigantes edificios habitados por miles de personas dopadas, indiferentes.
Tantas almas tan solas. Tanta gente operando máquinas con la mente en blanco y las tripas congeladas para poder soportar el horror de la vida, adormecidas para poder levantarse cada día, para no pararse una mañana con el sol y lanzarse por la ventana. Tantas parejas copulando con furia y emoción, tratando de sacarle verdades absolutas inexistentes al cuerpo del otro, queriendo llenar de sexo, de esa cosa tan efímera, el vacío que les corroe la panza y la caja torácica. Tanta gente que se puede tocar pero no se logra conectar.
Y estoy yo.
Yo y mi constante deseo de salir corriendo. Yo y tantas cosas que quisiera cambiar de mí. Yo y ese lo que sea que me obliga a regresar siempre al mismo punto o que me amarra y no me deja perder para siempre.
Debe ser muy difícil quererme. Debe ser agotador aguantar mis continuos e inesperados ataques, esas noches en que todo está bien y yo salto y digo "me voy para siempre y es por tu bien" (para regresar sólo unas horas más tarde como si nada hubiera pasado, a limpiar lágrimas con una sonrisa irónica). Ha de ser insoportable mi incapacidad de comprender a los demás, mi desentendimiento de la enfermedad y de la tristeza, mi convicción de que cualquier cosa -cuando no me pasa a mí- se soluciona con una sonrisa, una despercudida y un nuevo intento. hay que ser paciente para soportar mi continuo inconformismo, mis ganas de no estar aquí pero tampoco estar allá, de estar en ninguna parte, el deseo de irme sin saber a donde. Ni yo aguanto esa angustia que a veces me tira a la cama a llorar y a gritar que todo está perdido, que el fracaso es evidente, que la resignación es la única opción.
Creo que tengo fiebre, me duele un oído y debo trabajar en la mañana. Mejor me acuesto.
L.
7 de diciembre de 2009
Historia de detectives
Ahí entro yo: tomo los vídeos (que están en una pésima calidad) y trato de hacerlos presentables. Busco sospechosos, elimino tiempos muertos, acerco o alejo equis parte, aumento o disminuyo la velocidad para que la acciones se vean más claras. Repaso una y otra vez los vídeos de cada ocasión mientras los edito y, explorando mi faceta más voyeur, me entretengo viendo a la gente que parece no saberse observada
Me gusta imaginarme como uno de esos agentes especiales de las películas de décadas pasadas, con súper computadoras y acceso a satélites, persiguiendo terroristas peligrosísimos a los que, una vez ubicados, debo salir a cazar con mis propias manos (y mi Desert Eagle, por supuesto). A veces también juego al detective y elaboro hipótesis sobre cada caso pero no se las cuento a nadie.
Las fantasías son bonitas pero al final sólo estoy yo en una oficina pobremente iluminada, sentado frente a una computadora demasiado lenta, bajando códecs para poder editar cierto vídeo, con un termo repleto de café hirviendo y escuchando viejo heavy metal que explota desde unos pequeños audífonos mientras llega la hora de ir a mi casa a leer y dormir.
El "caso" en el que trabajo ahora es bastante común: de un edificio residencial se robaron una noche un carro. Los celadores no vieron o escucharon algo sospechoso, el auto estaba en un punto ciego de una de las cámaras y hay un problema con los archivos de la cámara de la entrada/salida del parqueadero y los datos son irrecuperables.
En la cámara que graba el acceso por las escaleras al sótano-parqueadero hay un hecho -aislado de la inevstigación- que me perturba: a las 22:25 una mujer pasa caminando muy rápido y baja las escaleras. Esto parecería normal, pero yo estoy seguro de que la mujer va sin pantalón, en calzones. Estas cámaras graban pocos fotogramas por segundo y la mujer camina muy rápido, por lo que no puedo estar seguro. Las imágenes obtenidas son en blanco y negro y de muy baja calidad y eso también difculta mi investigación. Igual, repaso la secuencia cuadro a cuadro una y otra vez: la mujer está semidesnuda.
La mujer está semidesnuda o yo quiero que la mujer esté semidesnuda. Quiero pensar en una mujer que recibe una llamada antes de la media noche y debe salir con tanta prisa que olvida ponerse un pantalón -lleva las llaves del auto en la chaqueta-, una mujer que corre a solucionar una emergencia familiar o al encuentro de un amante desesperado que por fin se dignó a llamarla o a comprar pan para el desayuno antes de que cierren todo -pero no, esta última opción se descarta porque la mujer, con o sin pantalones, no vuelve en toda la noche-.
Después de perder varios buenos minutos haciendo zoom aquí y allá para salir de mi duda retomo mi trabajo. Como en la mayoría de fotogramas la mujer parece tener las piernas descubiertas decreto que efectivamente iba con prisa y en calzones a definir su destino. Punto final -aunque soy conciente de lo inverosímil de todo esto-.Ahora debo reunir las imágenes donde sale cierta señora que parece ser parte de la banda que robó el carro. Pasada la media noche la señora, que ni es residente ni se sabe qué hace ahí a esa hora, se para frente a la cámara de las escaleras que llevan al parqueadero y obstruye la visión de la portería. Luego de dos minutos se da la vuelta y mira fijamente al lente por un par de segundos y cuando hace eso yo siento que me desafía, que nos desafía a todos y que se burla; que sabe que la estamos viendo y que sentimos un poco de miedo y a ella esas cosas le generan risa y le causan placer. Después baja por las escaleras hacia el punto muerto y ya no la puedo encontrar por el resto de la noche en ninguna de las cámaras.
11 de noviembre de 2009

Este año he dormido en unas treinta camas, un poco más, un poco menos. También dormí en el suelo, en bolsa de dormir, unas veinte veces -en habitaciones ajenas, en colchonetas, en algunas terminales, en un hostal sin camas-. Un par de veces dormí en el piso de una fiesta, sin abrigo, inundándolo todo con mi vómito, tan desecho como me es posible. También dormí en buses, decenas de ellos, de los cama, de los normales y de los de mierda de dos pisos a punto de irse por un abismo y de llevarse al infierno a cincuenta bolivianos que buscan un futuro mejor. Tuve que dormir en un sofá por dos noches y no dormí porque vi televisión hasta que los pájaros cantaron y el sol salió. A veces me acuesto a todo menos a dormir. He dormido muy solo y he dormido muy bien acopañado. He dormido bien y he dormido mal y me he levantado con la espalda adolorida y el dolor me ha durado semanas. No he dormido. He visto muchos amaneceres y he tenido días de setentaymuchas horas.
He salido a caminar a horas no recomendables por ciudades que apenas conozco en busca de oscuridad y algo indefinido que a veces toma la forma de la palabra "paz" y a veces la de "vida" y me he metido por callejones que huelen a orina y que resultan no tener salida y he terminado tomando alcohol para conciliar el sueño y apaciguar los demonios.
Mi hermana hace un par de días me contó que cuando no se puede dormir se acuerda de una vez que éramos muy pequeños y a ella no le daba sueño y yo le dije que pensara en blanco, que viera blanco, y dijo que hace eso y que es como una luz que la abofetea y que efectivamente se duerme. Yo no recuerdo de qué ocasión habla. Luego dijo que cuando yo no estaba se acordaba de eso y se dormía pero se dormía muy triste.
A vece duermo y sueño todo tipo de cosas. Sueño o imagino que soy polvo y me voy por ahí y me desaparezco como siempre he anhelado en secreto. A veces sencillamente pasa que me deshago, que estoy de pie y los átomos empiezan a huír -y lo puedo sentir y se siente bien- y me vuelvo un pequeño, corto y silencioso pppffffffffffff.






















