Gabriel tomó la edición de Werther de Goethe que había comprado ocho días atrás a una anciana en la calle por dos mil pesos (Biblioteca básica Salvat, España, 1970), se sentó en el sofá, la husmeó, la palpó, la observó. Se ubicó en el prólogo, escrito por Carmen Bravo Villasante, y leyó:
"Para leer el Werher hay que haber amado."
Gabriel dejo escapar un suspiro de resignación, cerró el libro y se marchó a encerrarse en su habitación. Algún día leería esa novela, se prometió de nuevo.