Mostrando las entradas con la etiqueta L.. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta L.. Mostrar todas las entradas

20 de mayo de 2010

Esas noches (tantas noches)

Es de noche y algún virus me obliga a estar abrigado, lleno de mocos y con ligeros retorcijones de estómago. Intento trabajar, trato de enmendar tantos errores cometidos en distintos periodos de mi vida, cadenas de decisiones mal tomadas que me tienen donde estoy y que determinan mi incierto futuro. Hace un poco de frío y no logro concentrarme, no estoy motivado, quisiera huír ahora mismo y no regresar nunca. Miro por la ventana intentando descifrar alguna figura allá abajo, en la oscuridad absoluta.
Llegan de repente los recuerdos y las imágenes de personas y lugares que he dejado atrás, aparece la certeza de lo poco que importan o importaron pero de lo imborrables que son. Rostros indelebles de personas con las que escasamente compartí un trago, una conversación sobre una película o un paseo en el metro. Revivo esa sensación en la piel al caminar en invierno por calles oscuras en busca de un teatro o de un café para entrar a quemar un poco de tiempo y para pensar, para garabatear en mi fiel libreta, para no tener que regresar a lo que sea que en esos momentos llamo casa, en donde sólo me esperan un par de trapos, unas cobijas y un colchón. Restaurantes de comidas rápidas abiertos 24 horas con familias indígenas que cuentan monedas o puticas de catorce años sentadas en las piernas de borrachos barrigones, billares en barrios que se supone son peligrosos, avenidas desoladas que parten en dos a ciudades de millones de personas -de las cuales las mayoría está en sus casas, con sus famiias, viendo la televisión, fornicando o intentando conciliar el sueño, ignorando a ese otro grupo de hombres y mujeres que mientras tanto conducen, cuidan, empacan, atienden, construyen-. Mujeres o travestis -a veces, en la madrugada, es tan difícil y tan poco importante distinguir- que te persiguen por una cuadra o dos gritándote "ven, guapo, para ti hay descuento, para ti es gratis si vienes ya, yo también tengo frío, calentémonos juntos", mientras tú aceleras el paso riendo en silencio y sintiendo pequeños punzones en la espalda, esperando una puñalada que nunca llega y que quizás nunca va a llegar, cuestionándote sobre el tipo de calor que busca esa mujer, en si de verdad es calor lo que busca, en qué es lo que ve en ti.

Esas noches. Tantas noches.

Quisiera poder salir a caminar pero estoy atrapado en la periferia de una ciudad de mierda, sin lugares para ir a divagar, sin caminos para recorrer, sin opciones para caminar. Perdido en un infierno suburbano de gigantes edificios habitados por miles de personas dopadas, indiferentes.

Tantas almas tan solas. Tanta gente operando máquinas con la mente en blanco y las tripas congeladas para poder soportar el horror de la vida, adormecidas para poder levantarse cada día, para no pararse una mañana con el sol y lanzarse por la ventana. Tantas parejas copulando con furia y emoción, tratando de sacarle verdades absolutas inexistentes al cuerpo del otro, queriendo llenar de sexo, de esa cosa tan efímera, el vacío que les corroe la panza y la caja torácica. Tanta gente que se puede tocar pero no se logra conectar.

Y estoy yo.

Yo y mi constante deseo de salir corriendo. Yo y tantas cosas que quisiera cambiar de mí. Yo y ese lo que sea que me obliga a regresar siempre al mismo punto o que me amarra y no me deja perder para siempre.

Debe ser muy difícil quererme. Debe ser agotador aguantar mis continuos e inesperados ataques, esas noches en que todo está bien y yo salto y digo "me voy para siempre y es por tu bien" (para regresar sólo unas horas más tarde como si nada hubiera pasado, a limpiar lágrimas con una sonrisa irónica). Ha de ser insoportable mi incapacidad de comprender a los demás, mi desentendimiento de la enfermedad y de la tristeza, mi convicción de que cualquier cosa -cuando no me pasa a mí- se soluciona con una sonrisa, una despercudida y un nuevo intento. hay que ser paciente para soportar mi continuo inconformismo, mis ganas de no estar aquí pero tampoco estar allá, de estar en ninguna parte, el deseo de irme sin saber a donde. Ni yo aguanto esa angustia que a veces me tira a la cama a llorar y a gritar que todo está perdido, que el fracaso es evidente, que la resignación es la única opción.

Creo que tengo fiebre, me duele un oído y debo trabajar en la mañana. Mejor me acuesto.

L.

16 de junio de 2009

Bloomsday

Suena la alarma. Seis en punto.

L. estira el brazo y la silencia.


- Agh, ¿pones la tuya en quince minutos?
...

- Seis horas, treinta minutos, hora de levantarse -repite la voz de una mujer desde un teléfono celular.

L. estira el brazo y toma el reloj, se depereza, se levanta. An. se refriega los ojos.

- No te vayas, quédate.
- No puedo.
- No importa, quédate.
- Tengo que encontrarme con esta gente.

Además tu querida compañera de habitación no tarda en llegar.

- ¿Sabes dónde carajos están mis bóxers?


L. se levanta del piso con unos calzoncillos en la mano.

A qué hora terminaron allá.
A qué hora terminé acá.


Termina de vestirse.

- Está haciendo mucho frío.
- Ponte algo de ropa.

Si a este imbécil no se le hubiera ocurrido poner la cita a esta hora.


- ¿Pudiste dormir?
- Como hora y media.
- Tienes que dormir.
- Otro día.
- ¿Sacas la basura?

L. abre la puerta de la habitación en silencio, se desliza por un pasillo, entra a un baño, orina, se lava la cara. Cuando regresa, An. tiene puesto un piyama.

- ¿No vas a ir a tu clase?
- Voy a quedarme durmiendo.
- Bueno. Nos vemos luego.
- ¿Quieres algo de desayuno?
- No. Adiós.
- Xau.

L. besa a An., se abrazan, se besan de nuevo. An. se acuesta, L. la arropa, toma una bolsa llena de basura del suelo y se escabulle de la habitación sin mirar atrás.

Quedan un pasillo, dos puertas, un callejón largo y una reja. Mejor si nadie me ve.

...

Hace frío y nada que amanece. La basura en su lugar. Alcanzo a pasar por mi "casa", bañarme, desayunar algo. Carajo, espero que ya hayan solucionado el problema del agua fría. Con este maldito resfrío no me conviene bañarme con agua fría. Hace como cuatro días que no me baño, ya es hora. ¿Cuántas cuadras son? una, dos, tres, cuatro, cinco, doblo a la derecha, por el callejón a la izquierda, timbro, que me abran y me miren mal. Culpa de ellos por no darme llaves. Maldito lugar de los mil infiernos, cómo lo detesto. Estaría bien mudarme pero no tengo tiempo para buscar un sitio mejor. Sigue siendo de noche, eso está bien. Debería dormir un poco. Hoy es el bloomsday, que sea un buen día. Como raro, saliendo de noche, entre sombras, por la ventana, saltando rejas, sin que me vean, jugando al back door man, huyendo. Bien vale la pena. Primer persona que me cruzo, vestido, corbata. Oficinista que va al trabajo. Envidiable. ¿Cómo me veré?, un desastre, eso es seguro, ¿qué pensará de este tipo que se arrrastra a estas horas y por estas calles? Cuánta prisa, como si fuera a perder el tren. ¿El metro ya abrió?, claro, van a ser las siete. ¿A qué hora amanecerá? Hoy no hay perros que me sigan, extraño, estarán en el parque, me dejaron solo. Luego voy y los visito, los echo de menos. Ahí va otro, que se le escapa la vida, "corramos, corramos, no importa a dónde vamos", decía. Bonitas calles solas. Bonitas calles con charcos. En una hora estarán inundadas de adolescentes que van a la universidad. Mejor huír antes de.

El timbre suena, pasan algunos segundos y suena de nuevo.

- ¿Quién es?
- Yo.

La puerta se abre. La casera le da paso a L.

- Gracias.

Que no me diga nada. Todo es culpa de ellos por no darme llaves. Todo es culpa de ellos. Yo pregunté si podía llegar a cualquier hora y dijeron que sí. Todo es culpa de ellos. A la cocina primero, tengo hambre. Hmmm, no me queda leche, sólo un par de panes. Tendré que robar un poco de café de nuevo. Caliento el pan en el microondas, uso su mantequilla y su mermelada, me sirvo un café. Agh, no quisiera ir a la reunión de ahora, es una pérdida de tiempo. Pero no me gusta quedar mal. Si tan solo. Listo, al segundo piso, descargo la mochila, me doy una ducha, me cambio de ropas. "Llevas cuatro días con la misma ropa", dijo. Qué quería, todo este tiempo estuve viviendo en su casa.

...

Al final L. no se baña porque el agua, efectivamente, está fría. Se harta de todo y decide dormir un poco más. Alguien lo desiperta, se le hizo tarde. Maldice todo el día. Se aburre. Se desespera. Se angustia. Se baña de mala gana pero sin echarse champú y se va para algún lado y se encuentra con amigos. Hablan pendejadas. Aparece An. Disimulan, no se conocen. Alguien, una autoridad en algo, le agarra el ego a patadas y L. sólo pude darle la razón. Huye. En el metro observa a la gente y queda intrigado por un par de tipos con una linterna muy pequeña que proyecta mujeres desnudas. L. decide caminar.

L. trató. L. siempre intenta. L. perdió. está acostumbrado. L. siente asco de sí mismo y de la mayoría de cosas a su alrededor. L. es un ser triste y enfermizo y lo sabe. L. experiemtna muchos sentimintos nuevos y no sabe cómo reaccionar. L. cree que ya no es el de antes -pero de pronto sí-. A L. últimamente le encanta mandar las cosas -y a veces a las personas- al carajo.

L. va al centro, camina, cuenta mujeres con vestidos rojos (13 hasta el momento en que sencillamente se le olvida seguir), cambia unos pocos dólares, entra a su café de confianza y pide un cortado y un emparedado de jamón y queso, seguramente dibuja un rato en su libreta mientras piensa qué carajos hacer con su vida. L. está harto, quiere irse de esa ciudad, quiere botarlo todo. Maldice todo el día. Se aburre. Se desespera. Se angustia. Se frustra. Decide que el tiempo ha llegado, que se va, que abandona de nuevo. Respira un poco. Sale del café.

L. ve en una pantalla que según los pronósticos lloverá de jueves a sábado. Seguido. Sin descanso. A L. eso lo reconforta un poco. L. piensa en la ciudad donde nació y decide que, igual, aún no es tiempo de volver, le queda un poco a este viaje. L. habla con W. en algún momento y le promete que Ulises va a regresar y que, como en Los Simpson, va a atravezar a sus pretendientes con una lanza. L. recuerda cosas al azar, como esa noche en Lima, fumando mariguana en una calle de Miraflores con un español en extremo amanerado y un francés imbécil con complejo de Manu Chao. Recuerda que esa vez llegó la policía. Recuerda que detesta a Manu Chao y que alguna vez trató de cambiar una entrada VIP de un concierto de ese sujeto por drogas o dinero para alcohol. Luego recuerda que lleva cerca de tres semanas sobrio y le da sed. Maldice todo el día. Se aburre. Se desespera. Se angustia. Se frustra. Se llena de rabia. Se odia. L. compra el diario, lo lee, se burla y selecciona los titulares que más lo divierten.

Después no importa, caminando y pensando pendejadas L. llega a su casa o a la casa de un amigo a preparar una pasta o a la casa de An. a hacer una de sus inadecuadas visitas. L., ocho días después, ya ni se acuerda. Sólo sabe que ese día, como tantos otros, renunció a algo, abandonó algo, se rindió una vez más. L. le da vueltas a lo del bloomsday por varios días en la cabeza y al final hace una pendejada, no es capaz de terminar lo que empezó, no le da el tiempo, la cabeza, algo siempre le falla. Maldice todo el día. Se aburre. Se desespera. Se angustia. Se frustra. Se llena de rabia. Se odia. Se asquea. Se renuncia. Se reconcilia.

Ya sabremos más de L.

...

Hay días que cuando terminan me hacen sentir que he vivido mucho en unas pocas horas. No pasa nada, ningún suceso extraordinario, la misma rutina decadente y mediocre de siempre. Sin embargo la variedad de sensaciones y sentimientos que vivo casi a diario no dejan de maravillarme; trato de no sentir, pero una vez empiezo, me gusta y no puedo dejarlo. En un día puedo sentir muchas cosas -cosas muy negativas en los últimos tiempos, pero cosas al fin y a cabo-. Se siente, que es lo importante. Se sobrevive, que es lo importante, me digo muy a menudo.

Escribió L. antes de acostarse. L. ese día tampoco pudo dormir.