La veo: su hermoso rostro oculto tras las largas manchas de maquillaje que bajan desde sus ojos, recorren sus pómulos y mueren hacia la barbilla. Contemplo su quijada desencajada, los ojos rojos e hinchados, los hombros vibrando al ritmo del llanto. La veo tirada en el suelo, con las piernas dobladas y el vestido rasgado hasta la cadera. Me detengo en sus senos, en el vestido caído, exhibiendo sus impresionantes tetas que suben y bajan al ritmo caprichoso de la entrecortada respiración. Yo estoy parado frente a la puerta, con los botones superiores de la camisa arrancados, la corbata descompuesta y una maleta con lo primero que logré agarrar de entre el armario encaramada en uno de mis hombros. Ella está agachada frente a mí, impidiéndome salir, sujetando con una mano la bota de mi pantalón, dispuesta a aferrarse con fuerza a mi pierna al menor movimiento.
Ya son las nueve y veinte y perdimos la reserva en el restaurante. Esta noche íbamos a celebrar mi cumpleaños y a adelantar un poco el inicio de los festejos por nuestro segundo aniversario de matrimonio. En lugar de la cena romántica, el cine y el sexo que teníamos planeado, llevamos más de una hora gritándonos y lanzándonos cosas.
La veo: se tapa la cara con una mano mientras agacha la cabeza y sorbe los indiscretos mocos que empezaban a asomar por sus fosas. Observo su enmarañado pelo, sus copiosos rizos de color rubio oscuro que como el resto de su cuerpo se mueven espasmódicos por las lágrimas que mis actos y mis palabras le han causado una vez más. La miro y quisiera acariciar su cabeza, sujetarla por el mentón y besarla intensamente. La escucho y quisiera abrazarla, hablarle al oído y poder decirle que todo va a estar bien.
Pero no digo nada. Hace varios minutos decidí no volver a pronunciar palabra y eso la desespera aún más. Ella, por supuesto, no deja de hablar, de rogar, de prometer. Me dice que no puede vivir sin mí. Me jura que esta semana irá al siquiatra, que no volverá a dejar de tomar las pastillas, que seguirá sin falta con el tratamiento. Me promete que va a cambiar, que hará todo lo que yo le diga, que pronto todo va a estar bien y volveremos a ser felices.
- No. No necesito que cambies nada, así estás perfecta. No quiero que hagas nada por mí, quiero que lo hagas todo por ti y...
Me callo. Estoy que me quiebro.
Ella aprieta su cara contra mi pierna con tal fuerza que por poco me tumba. Yo sé que necesito salir pronto, antes de que todo empeore.
Soy un cretino.
- Deja que me vaya, todo va a estar mejor para los dos.
No es la primera vez que esto pasa y sigo convencido de que lo mejor es que nos separemos, que intentemos rehacer nuestras vidas, cada uno por su lado. Yo sé que ella no me necesita para estar bien.
Sé que el problema soy yo. Sé que el problema está en mi incapacidad para cumplir sus expectativas, en no poder cumplir las reglas, en no lograr ser fiel, en no querer ponerla a ella por encima de mis ambiciones; el problema está en que me siento amarrado, sumiso, conformista, en que no dejo de pensar en el mundo gigantesco que está allá afuera, esperándome, pidiéndome que lo devore, que lo conquiste, que lo domine.
Sé también que el problema está en su enfermedad, en que es imposible para mí entender su enfermedad, en que no concibo que el bienestar de nuestra relación dependa de un frasquito con tres pastillas de colores y un vaso de agua, dos veces al día; en que no me cabe en la cabeza el que nuestro amor y su persistencia y su empeño y su convencimiento sean insuficientes para salir de cualquier problema, para lograr que se sienta bien, que los buenos sueños regresen, que se vayan los fantasmas y los días vuelvan a ser idílicos.
El problema está, además, en que estoy cansado, en que no quiero más noches en vela cuidando de ella, en que procurar su bienestar está acabando con mi salud, en que no quiero salir de casa todos los días rogando porque no haga una locura, dios, no, por favor, que no se le ocurra matarse; en que tengo que trabajar porque si no no hay quién pague por ése hospital y esas medicinas y el tratamiento, en que yo quiero un hijo y a ella las medicinas no la dejan y...
Mientras yo pienso esto ella refriega su cara contra mi pierna y repite que me adora y que no puede vivir sin mí, me pide perdón por faltas que no ha cometido y me jura que me permitirá hacer lo que yo quiera. Siento su aliento caliente subir hacia mi entrepierna, el camino húmedo que dejan sus lágrimas durante el ascenso que, ahora noto, su cabeza está haciendo. Tengo una erección.
Sin ser capaz de reaccionar veo cómo ella rápidamente desabrocha mi cinturón, baja mi bragueta y saca mi verga. Dejo caer la maleta, trastabillo aún sin saber cómo responder y ella con un ligero empujón me hace caer sobre un sillón.
Veo cómo ella lame mi verga, cómo la recorre con su larga, larguísima lengua, cómo introduce mi pene erecto en su boca mientras sus manos me arrancan los zapatos y el pantalón. Jadeo. Intento respirar, intento mantener el control y alejarla con mis dos manos pero ella con otro empujón suave logra detenerme. Sostiene mis manos y sé que he perdido porque conozco todo su poder sexual, conozco muy bien el torbellino de deseo irrefrenable que se esconde dentro de su pequeño cuerpo. Respiro profundo y me dejo ir.
Todo pasa muy rápido y ahora estamos tirados en la cama desnudos. Una sonrisa increíble brilla en su cara mientras veo cómo juguetea con mi verga, cómo se sienta sobre mis piernas y lleva mi mástil hacia su vientre, como intenta medir qué tan profundo es su coño, qué tan adentro llega mi miembro, qué tanto influyen mi tamaño y su hondura en el terrible placer que ambos recibimos.
Veo su cara de placer, su vientre y el movimiento de sus caderas, agarro sus tetas, bajo a su cintura y aprieto con fuerza, atrayéndola, enterrando mis dedos. Eyaculo dentro suyo y me retuerzo al ver cómo arquea su espalda y cierra sus ojos con fuerza.
Ahora sudamos e intentamos recobrar el aliento. Ella descansa sonriente sobre mi pecho y me pide que nunca la deje. Yo acaricio su rostro, beso sus manos y le pido que intentemos dormir.
Pero la engaño una vez más porque no puedo dormir y mientras ella me da la espalda y me arrima su culo yo pienso en cómo carajos llegué ahí de nuevo; intento planear el modo en que voy a escaparme esa noche, aún sabiendo que al menor de mis movimientos ella va a despertarse y todo empezará otra vez.
De repente el sol empieza a iluminar a lo lejos y los pájaros cantan. Decido que debo intentarlo, que es ahora o nunca y me levanto muy despacio. Ella se gira entredormida y murmura algo, yo beso su frente y le pido que me espere, le digo que debo ir al baño, le prometo que no me tardo.
Cuando estoy vestido me paro frente a la cama y trato de grabarme esa imagen: así es como quiero recordarla, bella, desnuda, sonriente, satisfecha.
Agarro mi maleta, camino hasta la puerta y sin hacer ruido la abro. Afuera el sol ya brilla con toda su fuerza.